¿Violencia dentro de las propias familias?

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A los consultorios de psicólogos y psicólogas llegan una diversidad de motivos de consulta, desde depresión, ansiedad, «rebeldía» de hijos(as), problemas de aprendizaje, conflictos en la pareja y un largo «etcétera».

Ahora, menos que nunca, sorprende saber que gran cantidad de los problemas que experimentan las personas han sido configurados por el fenómeno de la violencia. Detrás del conflicto de una pareja que llega a terapia (que en palabras del esposo «se ha detonado porque ella ha retomado su formación profesional»), se asoma el rostro de la violencia, en su forma sutil, pero aplastante. Podemos ver otro ejemplo, no menos recurrente, cuando una adolescente es canalizada por sus problemas de conducta en la escuela y en la conversación terapéutica descubrimos que, ante el abuso sexual crónico que vive en casa, ha desarrollado la agresión como una estrategia de sobrevivencia.

No debe sorprender la alta correlación de los “problemas” en la salud mental con la gran narrativa violenta que atravesamos como sociedad, particularmente durante los últimos catorce años de una guerra, a ratos silenciosa y en otros momentos abierta y letal.

Con  cifras de horror (con cifras vergonzosas: en último año ocurrieron 3 mil feminicidios) y con casos donde el dolor ha superado nuestra formas de narrarlo, se hace necesario no solo reflexionar, sino reconsiderar la forma en que la violencia se ha vuelto una condición sobre la que las familias estructuran sus relaciones.

Es preciso reconocer que nuestras prácticas cotidianas familiares están atravesadas por la violencia,  podemos decir que en nuestros hogares, en nombre del amor, se asoma lo atroz de la condición humana. Recuerdo con claridad a un padre que le quemó la mano a su hija para enseñarle una lección; también recuerdo como niños y niñas han sido silenciados del abuso que han vivido, todo para mantener el buen nombre de la familia.

La gran apuesta, entonces, es dejar de idealizar a la familia y comenzar a  mirarla en sus luces y sombras. Para una mujer, sobreviviente de un abuso sexual en la infancia, esto significa identificar las prácticas de cuidado que recibió, pero sobre todo permitirse señalar de manera abierta y directa lo injusto y el dolor que le fue infligido por aquella figura importante para ella. Alguna vez escuché a una paciente decir: “no quiero perdonar a mi abuelo por lo que me hizo, pero ahora sé que estoy en mi derecho y que está bien no perdonarlo”.

Las familias que llegan a consulta con una serie de síntomas psicológicos deben saber que muchos de ellos no son propiamente una enfermedad, sino una respuesta adaptativa ante un contexto de violencia crónica. Una mujer que pide aprender a “controlar sus emociones” se tendría que preguntar a quién le sirve el hecho de que ella sea quien tenga que aprender a controlarse. Así pues, nuestra salud mental no solo es el resultado de nuestras condiciones individuales (cuerpo-genética-desarrollo), es ante todo un producto social; es decir, somos resultado de con quién convivimos, qué esperan de nosotros(as), qué significamos para los(as) demás.   

Reconocer que la violencia nos atraviesa no significa una aceptación callada, mucho menos una resignación a un destino inexorable; paradójicamente reconocer implica desafiar, crear un contexto para el cambio y sobre todo asumir que si bien la violencia es formativa y constitutiva de lo humano, también lo es la esperanza.     

Finalmente, dejo la siguiente reflexión: «que regrese a casa hasta la última persona arrebatada de su hogar; que la voz de nuestros pueblos originarios ocupe el lugar que siempre ha merecido; justicia para las mujeres de este país.»

Referencias bibliográficas

Barudy J. (1998). El dolor invisible de  la infancia. Una lectura ecosistémica del maltrato Infantil. México: Paidós.

Pittman, F. S. (1990). Momentos decisivos. Tratamiento de familias en situaciones de crisis. México: Paidós.

Walters, M., Carter, B., Papp, P. y Silverstein, O. (1991). La red invisible. Pautas vinculadas al género en las relaciones familiares. México: Paidós.    

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Licenciado y Maestro en Psicología por la Universidad Nacional Autónoma de México, actualmente cursa del Doctorado en Psicología en la misma universidad, desarrollando el proyecto de investigación Estrategias de afrontamiento en familiares de víctimas de desaparición forzada. Terapeuta familiar especialista en trabajo con víctimas de graves violaciones de Derechos Humanos. Ha realizado trabajo terapéutico y de evaluación psicosocial con poblaciones en riesgo y comunidades que experimentan Graves Violaciones de Derechos Humanos, como tortura, trata desaparición forzada y feminicidio. Se ha desempeñado como psicólogo forense en la Procuraduría General de Justicia del Estado de México, como perito oficial y particular en el nuevo sistema de juicios orales. Ha facilitado talleres de desarrollo humano, en temas de género, violencia de género, resolución no violenta de conflictos. Cuenta con experiencia Internacional en Buenos Aires Argentina haciendo intervención comunitaria en la Asociación Civil Neike Profam- Fortalecimiento Familiar, trabajando el tema de intervención y atención al abuso sexual infantil.

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