Salud pública, prejuicios y salud mental

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La preservación de la salud física y mental difícilmente puede estar exenta de un gasto y aunque esto parece una “perogrullada”, la mayoría de las personas, sobre todo en perfiles de edades asociados con la juventud no consideran este hecho como parte de sus gastos regulares.  A fin de cuentas, como lo vemos en la actual pandemia, parece quedar claro que pocos son capaces de ‘experimentar en cabeza ajena’.  Actualmente muchos jóvenes de entre 15 y 30 años, no dimensionan la gravedad asociada a la pandemia actual. La estadística de cuadros graves es poco habitual o frecuente en ese espectro poblacional. Sin embargo, conforme avanzamos en la edad de los grupos etarios, la probabilidad de requerir cuidados más complejos y por tanto más caros empieza a ser una realidad más cercana. Esta situación, es un buen ejemplo de las razones por las que las contribuciones al sistema sanitario de las personas jóvenes, son las que costean los sistemas de salud pública para los más viejos, y los motivos por los que a nivel privado, las aseguradoras cobran primas más altas conforme la probabilidad de enfermar aumenta, es decir hacia las etapas finales de la vida.   

Debemos tener en cuenta que a mayor demanda, mayor costo del servicio, sobre todo si no se puede aumentar la competencia asociada con la oferta y por tanto, tampoco se logran abaratar los precios. Con este principio económico, podemos explicar que en México (como en otros países) las consultas de Medicina General se han abaratado en gran medida porque la población de médicos en grado de licenciatura pareciera ser demasiado amplia, por lo menos desde las leyes de la economía.  Este hecho sumado a la venta de medicamentos genéricos crea una gran diferencia con respecto al costo del Médico General en países como Estados Unidos.  Si bien esta circunstancia es una de las mejores válvulas de escape que han evitado el colapso de los servicios de salud pública en México, desafortunadamente (o afortunadamente), para quienes ameritan atención médica especializada, la realidad es distinta, ya que las especialidades médicas en México están limitadas a un filtro importante llamado Examen Nacional de Residencias Médicas (ENARM), generando que las consultas de un médico especialista puedan incrementarse hasta 100 veces con respecto al costo de la consulta de un médico general, sobre todo de aquellos que atienden en las conocidas “Farmacias de Similares o de genéricos” (médicos generales que ofrecen sus servicios a los pacientes por un costo aproximado de 3 dólares o menos). Algunas instituciones públicas y privadas le han logrado dar la vuelta a esto, generando capacitaciones y  diplomados de “especialidad”, que permiten incrementar de forma externa al ENARM el número de “especialistas” con los cuales las instituciones de salud, sobre todo públicas, logran disponer de recursos humanos para llenar sus necesidades, sin contar a generaciones y generaciones de residentes, claro está.     

Todo esto sirva para dejar claro que la administración y distribución de las necesidades en recursos humanos desde el punto de vista del sector salud debe necesariamente, basarse en cuestiones estadísticas y presupuestales directamente vinculadas a las necesidades específicas de una población, si se pretende lograr un acceso pleno a los servicios médicos. De hecho en países donde las residencias médicas quedan bajo el control del estado, se limitan el número de plazas a las necesidades que surgen a partir de las estadísticas nacionales; y como siempre, voy a poner mi atención en la salud mental, la psiquiatría y ahora, en la neurología, enfatizando mi observación en la proporción de  psiquiatras y neurólogos en los hospitales del sector salud.      

Con respecto a la Salud Mental, tomaré un porcentaje bastante revelador reportado por Rebecca Shmidt en su libro “Psychiatry Board Review”, quien afirma que aunque el 80 % de los pacientes con Tumores Cerebrales tienen síntomas psiquiátricos, solamente del 0.1 al 3% de los pacientes psiquiátricos tienen un tumor cerebral.  Con su estadística que puede ser comparable con otras patologías de la Psiquiatría para con las de Neurología, Shmidt nos deja claro que la proporción de patologías orgánicas dentro de los Trastornos Mentales es impresionantemente baja, mientras que la mayoría de los problemas neuro-orgánicos si tienen síntomas psiquiátricos, lo que significa que en cuanto a recursos humanos, el número de Psiquiatras con respecto al de Neurólogos debería ser una balanza inclinada hacia un mayor número de los primeros con respecto a los segundos, por ello también se entiende que muchos países ponen a la psiquiatría como especialidad de entrada directa, mientras que “obligan” a hacer un curso de medicina interna a quienes desean hacer neurología, generando un filtro que limita la cantidad de egresados de la segunda especialidad. Otro ejemplo son los Neurocirujanos, quienes deben hacer una troncal de Cirugía General.  

Lo interesante en este razonamiento, es que cuando pasamos al campo laboral o al número de plazas destinadas para estas especialidades, la proporción de Psiquiatras y Neurólogos suele ser de 1/1 , lo que deriva en una saturación de ambos servicios. Los primeros porque son muy pocos para las necesidades poblacionales reales (ver artículo: El verdadero nivel de la psiquiatría), y los segundos porque suelen tener una gran cantidad de pacientes que en realidad deberían de ser manejados en Salud Mental y aunque lamentablemente esta distribución tan inapropiada podría, por lo menos en México, estar más asociada al prejuicio que implica la consulta del psiquiatra, lo realmente trágico es que esta visión moral parece afectar también a los encargados de la Administración Hospitalaria, pues si los datos que expongo son correctos, es el prejuicio y por tanto una razón sociocultural, la que nos explica tal desproporción en cuanto a la planeación en salud mental y de neuro-psiquiatría en este país.  

La ausencia de revisión racional y lógica de las estadísticas y las necesidades reales de los servicios de salud pública en México, me hace preguntarme si realmente las formaciones en administración hospitalaria sirven para algo, más allá de fines estrictamente políticos, partidistas o sindicales.  

Será que además de este caso ¿pueden existir otras especialidades involucradas en esta mala gestión del sistema sanitario?  

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