Reflexiones sobre la muerte en tiempos de COVID-19

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A mi tío Lucio,
deseando que el calor de su horno de pan perviva.

Mi padre me contó que cuando era niño a su pueblo —ubicado en la sierra de Guerrero— llegó una “epidemia”. El dolor de cabeza y la fiebre eran los emisarios de la tragedia. Él recuerda que un día se enteraban de que alguien había enfermado y al otro día escuchaban el llanto en su casa, decían otro más ha muerto y todo era miedo. Escucho con atención su relato y me parece tan símil con los tiempos que hoy transcurren.

Las conversaciones terapéuticas que he tenido en estos últimos meses a pesar de construirse desde motivos de consulta tan variados, por lo menos en una ocasión ineludiblemente tocan el tema de la muerte, sea por el temor de perder la propia vida o por la de un ser querido. Este fenómeno es inherente a la existencia humana, pero hoy como en contadas ocasiones nos ha mostrado que, si bien la vida tiene todas las posibilidades para realizarse, es la muerte la probabilidad la que las contiene a todas (Heidegger, 1927).

Creo que es normal que probablemente nos paralice el reconocimiento de esta finitud, no lo veo como algo negativo. Pienso que es una respuesta que posibilita la reflexión, que nos llama a voltear la mirada sobre nosotros(as) mismos (as), cuestionar el sentido del cual hemos dotado nuestra existencia. Tal vez pensar que vida y muerte son una dicotomía donde ambas se excluyen es una perspectiva limitada, mejor pensarlas como las caras de una misma moneda, o como lo dice Isak Dinesen en uno de sus cuentos “[…]  alzó el mendigo la cabeza, miró el aire frente a sí y dijo en voz baja y suave: “La vida y la Muerte son dos cofres cerrados, cada uno de los cuales contiene la llave del otro”.

El día 16 de junio de 2020 se estimaba que en México lamentablemente habían fallecido 18.310 personas por causa de la enfermedad COVID-19, (seamos conscientes de que estas cifras sin duda son volátiles pues en pocas horas se acumulan sea por el tamaño de la tragedia o por la posibilidad del fenómeno del subregistro). Me pregunto cuántas de estas defunciones nos tocan de  manera directa o indirecta, cuántos eslabones debemos contar para descubrir que estamos conectados con esas pérdidas. Algunos trágicamente no deben contar más allá de dos, pues han sido sus padres/madres, sus hijas(os) o un vecino quienes han perdido la batalla.  

Con una narrativa donde perder la vida se vuelve una posibilidad tan real, tenemos el reto de preguntarnos cómo hemos de dar sentido a esta experiencia, que en palabras del poeta Cesar Vallejo son “[…] golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé! / Golpes como el odio de Dios; como si ante ellos / la resaca de todo lo sufrido / se empozara en el alma”.

La familia mexicana tiene una particular relación con el fenómeno de la muerte, podemos verlo en la retorica de Octavio Paz cuando señala que somos un pueblo ritual, buscamos cualquier pretexto para reunirnos y así poder interrumpir la marcha del tiempo y celebrar, y así también lo son los funerales, las despedidas. No puedo dejar de pensar que hace algunos años, en la muerte de mi abuela paterna, se hizo un enorme jolgorio familiar sobre el sentido en qué debería ser colocado su ataúd, el acomodo de las cebollas y el vinagre, la posición de sus manos y sobre todo discutir sobre si debía llevar o no una varita de nardo como defensa en su viaje.

Reflexionar sobre estos temas tal vez permita construir nuevos rituales, no necesariamente como un abandono de los anteriores. Necesitamos seguir acompañándonos, pero al mismo tiempo requerimos seguir guardando la sana distancia. Como lo vemos en los protocolos gubernamentales donde aconsejan “evitar la realización de rituales fúnebres que conlleven reuniones o aglomeraciones de personas en contacto con el cuerpo siguiendo los lineamientos de la Jornada de Sana Distancia” o donde se recomienda mantener el féretro cerrado, siendo que para muchas familias este es el momento de guardar en la memoria el rostro de lo amado.

La pregunta es ¿cómo hemos de construir nuestros duelos en tiempos de pandemia?, en este sentido creo que asistimos a la construcción de un nuevo proceso de construcción de memoria donde toda la teoría sobre el duelo como proceso deberá ser pensada a la luz de nuestra situación concreta y es ahí donde la imaginación puede jugar un papel importante, por ejemplo en la sierra de Guerrero la toma de fotos y videos del dolor por el que transcurre una familia es vista en una transmisión diferida a miles de kilómetros en el país vecino del norte para que también ahí llegue la idea de estar presente en el viaje final del ser querido. Por otra parte, he escuchado reuniones a través de transmisiones por internet de las y los deudos, donde charlan largamente sobre lo vivido, también he visto la creación de memoriales virtuales en las redes sociales.

En la terapia familiar sistémica se considera que los rituales son necesarios porque permiten articular nuestra experiencia, nos brindan un marco para otorgarle sentido a una situación que nos ha rebasado, permiten que el tiempo adquiera su característica de fluidez imperceptible y establecen un orden de acciones las cuales dan estructura a las personas. La danza que se va elaborando alrededor de la pérdida es la construcción de una memoria con la cual rescatamos aquello que amamos, lo fijamos en el tiempo, nos permite evaluar nuestro pasado y proyectar el futuro, como dice una amiga muy entrañable, ayudan a seguir.

Como en la formación de nuevos caminos para dar sentido a la muerte de un ser querido, los rituales juegan un papel importante, propongo que cada uno de quienes han experimentado una perdida puedan elaborar los propios. Para poder lograrlo aquí van ciertas claves que se usan en la práctica sistémica: explorar el simbolismo es decir  identificar las creencias, las palabras y los objetos alrededor de la experiencia y las cuales la definen, por ejemplo para algunas culturas del México prehispánico la muerte sólo es un estado de transición pues no hay una ruptura entre lo vivo y lo muerto; identificar el lenguaje con el cual se expresan las creencias y se organizan las acciones, (¿acaso será posible ir al pasado y tratar de recordar aquellas charlas donde ya se filtraban los deseos de cómo afrontar la pérdida?); organizar el tiempo y espacio el cual  permitirá enmarcar la experiencia del ritual; pensar en los diferentes roles que los miembros de la familia han de tener y hacerlos participes del proceso; llevar a cabo el ritual y permitir el intercambio de sentimientos  e ideas;  finalmente hay que considerar que esta experiencia es ante todo un proceso de construcción de memoria.

Finalizo con una anécdota para poder explicar que tal vez ante la muerte el arma más poderosa es la memoria. Hace algunos días al pasar por un tianguis de chácharas —de esos que no se detienen ante la pandemia— compré El extranjero, Minas del retorno, Segunda Fundación, Los antiguos mexicanos, Psicología del niño y Ernesto Che Guevara de Lavretski todos ellos parte de la biblioteca de un psicólogo que murió en un accidente de automóvil, meses antes de graduarse. Pensé que esa biblioteca bien podría ser la mía, por los títulos, los intereses, los gustos. La hermana del desafortunado los remataba pues tras largos años de estar arrumbados se propuso hacerlos circular y de paso obtener algo de dinero. Yo le dije que confiara en mi, conmigo estarían bien sus libros. Llegué a casa y comencé a pensar en la muerte, sentía un miedo enorme y tomando uno de esos libros, comencé a escribir en la solapa esta anécdota esperando que algún día alguien compre ese libro y leyendo mis palabras me detenga en el tiempo, como yo detengo a su primer propietario y también detengo al que en el futuro lee lo que escribo.

Referencias bibliográficas

Dinesen, I. (2016). Cuentos completos. México: Debolsillo.

Paz, O. (1950). El laberinto de la soledad. México, Fondo de Cultura Económica.

Heidegger, M. (1927) Ser y tiempo. México. Fondo de Cultura Económica.

Roberts, J. (1991).  Encuadre: definición y tipología de los rituales. En: Imber-Black, E., Roberts, J. y Whiting, R. . Rituales terapéuticos ritos de familia. Barcelona: Gedisa.

Secretaria de Salud. (2020). Guía de manejo de cadáveres por COVID-19 (SARS-CoV-2) en México. Gobierno de México. Recuperado de: https://coronavirus.gob.mx/wp-content/uploads/2020/04/Guia_Manejo_Cadaveres_COVID-19.pdf

Vallejo, C. (1989). Obra poética completa. Bogotá.  La Oveja Negra.

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Licenciado y Maestro en Psicología por la Universidad Nacional Autónoma de México, actualmente cursa del Doctorado en Psicología en la misma universidad, desarrollando el proyecto de investigación Estrategias de afrontamiento en familiares de víctimas de desaparición forzada. Terapeuta familiar especialista en trabajo con víctimas de graves violaciones de Derechos Humanos. Ha realizado trabajo terapéutico y de evaluación psicosocial con poblaciones en riesgo y comunidades que experimentan Graves Violaciones de Derechos Humanos, como tortura, trata desaparición forzada y feminicidio. Se ha desempeñado como psicólogo forense en la Procuraduría General de Justicia del Estado de México, como perito oficial y particular en el nuevo sistema de juicios orales. Ha facilitado talleres de desarrollo humano, en temas de género, violencia de género, resolución no violenta de conflictos. Cuenta con experiencia Internacional en Buenos Aires Argentina haciendo intervención comunitaria en la Asociación Civil Neike Profam- Fortalecimiento Familiar, trabajando el tema de intervención y atención al abuso sexual infantil.

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