Reflexiones de una cuarentena

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Soy una de esas personas que tienen la “suerte” de vivir una cuarentena desde casa. A veces me asomo a la ventana solo para ver el cielo y sentir un poco la brisa.  También bajo al jardín para tomar fotos de las flores. Porque, recordemos, la primavera ya arropó al hemisferio norte. Llevo una cuarentena especial, porque hace un mes volví de viaje y tuve que resguardarme mientras se me hacía la prueba del Covid 19. Así que soy del grupo de los que viven su segundo o tercero periodo de cuarentena.

En días recientes, se ha comentado mucho en ciertos círculos sociales que la cuarentena es un privilegio social, que pedirla evidencia una ceguera ante quienes no pueden quedarse en casa, porque viven al día o por la naturaleza de su actividad. Evidenciar las diversas desigualdades sociales me parece importantísimo, porque son históricamente crueles y laceran el espíritu de los grupos más oprimidos, pero también me resulta, no menos importante, comprender que esta situación es una consecuencia de un macrosistema y no de sujetos individuales. En cuanto a la cuarentena, considero que implica una restricción a la vida “normal” y está lejos de ser una situación de confort.

En el encierro

Bien, aquí en el encierro, he intentado leer varios libros, entre ellos El arte de Ser, de Erik Fromm, porque pensé que en estos momentos cabía cuestionarse a uno mismo el sentido de la felicidad. Pero no he podido dedicarle el tiempo necesario porque me abruma y me llama el deseo por monitorear constantemente las noticias. ¿Cuántos casos hay? ¿En dónde? ¿Cuáles son hoy los avances científicos sobre el virus? ¿Llegó el ejército ruso a Italia? Así también he pensado en el tema de los insumos. ¿En algún momento me quedaré sin alimento? ¿En algún momento perderé mi trabajo? ¿Qué tan grave será la recesión? Bajo esta presión no se puede tomar un libro. Me he arriesgado a pensar que en tiempos críticos vale más el instinto que la teoría. He menospreciado la teoría. Luego, cuando encuentro sosiego, la vuelvo a abrazar, buscando respuestas o, cuando menos, dibujando una línea lógica que me permita entender qué es lo que sucede. Y no perderme.

También, en algunos momentos, he abrazado a la religión. No a la institución, no a la imagen del Papa Francisco orando, en soledad, en la plaza San Pedro de Roma, sino a su sentido espiritual, a su sentido práctico, aquel que posibilita encontrar momentos afables en medio del caos. Aquel sentido que nos permite proyectarnos hacia el futuro y decir “cuanto todo esto pase, nos iremos de viaje”, “cuando termine, nos volveremos a ver”, “en un mes, en dos, nos recuperaremos económicamente”. Finalmente, creo que sujetarnos a la esperanza es lo que puede darnos un poco de suelo en medio de la incertidumbre.

El futuro

Las generaciones de hoy crecimos con una cierta seguridad de que algunos hechos del pasado no se podrían repetir. La Peste negra, la Segunda Guerra Mundial parecían sucesos de la historiografía, de la cinematografía. Nuestros problemas son otros, superar la pobreza, la desigualdad, la falta de credibilidad de los gobiernos, el calentamiento global, la violencia, universalizar la tecnología… Entonces, nos enfrentamos a un panorama que parece una visita al pasado, que nos lleva a mirarnos en el espejo de la humanidad. Somos ellos, los del Siglo XIV, XX. Somos los mismos, los del Siglo XXI.

En América Latina tenemos deudas históricas con varios sectores de la población, tenemos gobiernos corruptos y también constantes crisis económicas y de seguridad, falta de insumos médicos y, con certeza, nuestra cuarentena no es como aquella del primer mundo, donde las personas salen a cantar en los balcones. Aquí se evidencian las desigualdades y las tensiones sociales. El miedo a que todo esto desate una ola de violencia. Pero tampoco pretendo minimizar el difícil momento que pasa el primer mundo, especialmente Europa, acostumbrada a una cierta estabilidad y que ahora enfrenta cientos de muertos desde el encierro y su colapso económico. Ya Estados Unidos muestra su fragilidad, la debilidad de su imperio, de su sistema de salud privado, rebasado, al que no todos sus ciudadanos pueden acceder.

Hoy, además, nos ha tocado pensar en aspectos sobre cómo el sistema ha moldeado nuestros hábitos y deseos de consumo, que hoy parecen no servirnos para nada, ni aportar nada cuando lo que realmente se requiere es de ciencia, de conciencia, de seguridad y de garantías de acceso a alimentos básicos. Claro, esto ya lo sabíamos, ya hacía parte de las grandes discusiones académicas y políticas; pero hoy nos toca vivir este proceso de forma generalizada y nos tocará contar la historia. Esperemos que sea aquella en que las sociedades se hayan solidarizado por los otros y en la que los gobiernos hayan respondido para ayudar a quienes más lo necesitaban.

Hay mucho por pensar. Pero el análisis profundo de lo que nos dejará esta pandemia vendrá solamente con el tiempo, cuando todo esto pase. Por ahora queda permanecer en casa, seguir reflexionando desde nuestra cuarentena personal.

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