El amor. Ese sentimiento que nos proporciona seguridad, tranquilidad, calidez, que es como un motor para muchas personas, que nos motiva a afrontar con firmeza muchos desafíos que se presentan en la vida. En la cultura occidental, el amor se ha entendido a veces como una suerte de mar o río, que a veces es salado y, otras veces, una corriente, que nos va llevando hasta el punto de perder el control. Pero ¿podemos realmente saber qué es el amor?

En realidad, este concepto ha tenido muchas caras, significados y explicaciones a lo largo de la historia. Ha sido la inspiración de artistas y literatos, pero también ha despertado el interés de religiosos, filósofos y científicos. Diría Nietzsche que «aquello que se hace por amor está más allá del bien y del mal» o Fromm, que «el verdadero amor es una expresión de productividad interna y comprende peticiones, respeto, responsabilidad y conocimiento».

Para el budismo, el amor es un concepto diferente al occidental (que plantea la presencia y reciprocidad entre las personas), ya que se define como «un sentimiento puro que se otorga a otro ser viviente de forma desinteresada, sintiendo además el bienestar absoluto en saber que no ha causado dolor o sufrimiento a nadie, sino que ha colaborado en generar alegría en el otro».

Si prestamos atención, en la cultura latinoamericana y en otros países predomina el entendimiento del amor como un sentimiento en el que prevalecen las representaciones de la pareja y no tanto como una experiencia que también puede incluir a miembros de nuestra familia, amigos o mascotas. Además, en estas representaciones, las parejas son principalmente heterosexuales y monógamas (como si no existiera otro tipo de amor), en las que, además, se incluyen componentes como el drama, la pertenencia, el control, el machismo o la eternidad, aspectos que en los últimos años han despertado el interés de científicos sociales, instituciones y organizaciones sociales al identificar que estas conductas fomentan situaciones de frustración y violencia en la sociedad.

Un ejemplo de ello, es el poema Nocturno a Rosario, escrito a finales del siglo XIX de Manuel Acuña, quien se suicidó a los 24 años debido a no ser correspondido por una mujer casada: «Pues bien, yo necesito decirte que te adoro, decirte que te quiero con todo el corazón; que es mucho lo que sufro, que es mucho lo que lloro, que ya no puedo tanto, y al grito que te imploro te imploro y te hablo en nombre de mi última ilusión».

En los versos del poema citado se coloca como centro de la vida al amor y como motivo de muerte en caso de no ser correspondido. En una sociedad como la actual, donde se fomentan los avances científicos y tecnológicos, podríamos pensar que la manuntención de este tipo de creencias no tendrían lugar, sin embargo, permanecen, al punto de que una de las principales causas de homicidio es la violencia de pareja.

En conclusión, debemos cuestionar si las ideas preestablecidas sobre el amor son correctas y positivas para ejercerlo. Todo lo que implica sufrimiento, abuso o violencia no puede ser el camino correcto. El amor debería verse y vivirse en su forma positiva, aquella que implica el autocuidado, la responsabilidad, el crecimiento, la confianza, la comunicación, el respeto y todo aquello que nos haga sentir bien. Además, no existe una sola definición sobre el amor, sino que cada uno puede inventarlo e reinventarlo a lo largo de la vida, con quien quiera y de acuerdo a sus necesidades específicas.

Si fuera necesario definir el amor, quien escribe este texto te diría que es todo aquello que te hace sentir pleno en tu relación contigo y con los otros.

Dejar respuesta

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí