¿Perderse para volverse a encontrar?

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Hace un par de días en un taller me pidieron hacer un dibujo con el tema “Este es mi cuerpo cuando me enamoro”. Lo que hice fue una silueta con un corazón en la cabeza, uno en el estómago y otro en el pecho. Había otras 25 personas y a pesar de que sus dibujos fueron distintos, lo que se repetía eran aquellas descripciones en las que el amor llenaba su vida, siempre de una manera agradable, generando un cambio de perspectiva del mundo a uno pleno, con paz, “color rosa”. Sin embargo, si mal no recuerdo, yo era la única «incómoda» al describir aquello como una invasión.

En otros momentos, incluso, recuerdo presentándome con algún prospecto amoroso así: “Considero que soy una mujer fuerte, independiente, lista, autosuficiente, empoderada, divertida, graciosa, etc.; pero me enamoro e inmediatamente siento que mi Coeficiente intelectual disminuye a Limitrofe, es decir, a una persona con inteligencia límite (en números C. I. entre 70 y 85), justo por debajo de lo que se considera normal aunque, afortunadamente, no llega al retraso mental”.

Así que esta preocupación me llevó a investigar más a fondo. La explicación de lo que me sucede se encuentra en un fragmento del amor romántico. Has escuchado sobre eso, ¿cierto? Derivado del mito amoroso de Aristófanes, supone que los humanos fueron divididos en dos partes que vuelven a unirse en un todo absoluto cuando encontramos a nuestra “alma gemela” o “media naranja”. Lo que nadie nos indica es quién o cuándo será eso; por ello, cada vez que conocemos a un nuevo prospecto tendemos a tratarlo como si lo fuera, nos adaptamos y cedemos a lo que entendemos por “la mitad necesaria” para complementarnos con la otra persona. Con frecuencia, sin darnos cuenta, mientras más nos involucramos, más nos preocupamos por las necesidades de la otra persona y dejamos de lado las nuestras.

“Considero que soy una mujer fuerte, independiente, lista, autosuficiente, empoderada, divertida, graciosa, etc.; pero me enamoro e inmediatamente siento que mi Coeficiente intelectual disminuye a Limitrofe…”

Cuando se borran las fronteras entre el self (yo) y el exterior (en este caso la pareja), no se percibe una diferencia entre mi pareja y yo, y es fácil estar de acuerdo con ella, pero resulta difícil identificar cuáles son mis propias conductas. La terapia gestáltica, se refiere a esta forma de contacto con los demás como confluencia y es considerada un mecanismo de defensa en el que la persona confluente se pierde dentro de la relación de pareja, al no hacer contacto consigo mismo, así como con sus sentimientos y pensamientos; trata de evitar cualquier confrontación y concordar, en apariencia, todo el tiempo en opiniones y deseos, en lugar de aceptar su propia autonomía e individualidad (Medina, Reyes, y Villar, 2009). Luego entonces, esta renuncia de uno mismo termina en alguna especie de relación poco satisfactoria, no sólo para mí, sino también para la otra persona, pues lo que comenzó por dar un poco de mí, termina en una obligación por estar pendiente del otro, y a veces en temor al abandono si expreso mis propios deseos.

Si hablo de esto es porque lo primero que hay que hacer es ser consciente de nuestro actuar en las relaciones. Pues bien, para que logremos una construir relación sana y productiva muchos especialistas, en estas circunstancias, te invitaríamos a invertir en tu autoestima, en tu autonomía, en tu manejo de emociones y quizá en el desarrollo de tu asertividad, entre otros. Además de ello, me gustaría añadir una propuesta de Fina Sanz, sobre el amor desde el Buen trato.

Para comenzar a abordarla es importante hablar de un amor sin dolor, que existe fuera del amor romántico, lejos de la posesión, la opresión o la anulación. Comenzar una relación desde el buen trato requiere un proceso personal de escucha, de reflexión y de consciencia sobre nuestra manera de sentir y entender el amor. En este sentido, relacionarnos desde nuestro valor, nuestra autoestima; respetar y confiar en nosotras y en nosotros mismos. Cuando tú reconoces tus fortalezas y áreas de oportunidad entonces puedes decidir conscientemente las razones por las que te relacionas con determinada persona. ¿Qué aporta esta persona a mi vida? ¿Qué puedo darle a esta persona y qué no puedo darle? Además de para qué quiero una relación de pareja. Esto, siempre considerando nuestros límites de autocuidado y tras reflexionar sobre las expectativas que colocamos en esta relación.

Entonces no te relacionas con el otro para complementarte sino para crecer juntos. Ya sé que todo eso suena utópico y al mismo tiempo imposible. Lo es, por supuesto si esperas que sea rápido y sin negociación; no olvides considerar al otro y a sus diferencias. Un lugar en el que te recomiendo comenzar es el autoconocimiento. Crearás un espacio propio en el que puedes conocer tus deseos y tomar tiempo para hacer cosas que disfrutas, incluso comenzarás a negociar contigo mismo o misma (antes que con el exterior o alguien más); deja de luchar contigo mismo, se compasivo contigo mismo; no te recrimines o reproches. Has lo mejor que puedas y trátate bien.

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