Maternidad: ¿imposición social o anhelo?

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Cuando escucho la palabra “maternidad”, de inmediato surgen una serie de reflexiones. Es como una avalancha, un collagede ideas y preconcepciones que mis consultantes han traído a la mesa y me ha permitido observar aquello que, de inicio, antes de darnos la oportunidad de evaluar, legitimamos como realidades absolutas. 

Ya bien explica Montalvo, bajo el estudio de varios autores, que la familia es como un producto variable de un sistema social que refleja su desarrollo. La familia es un fenómeno histórico que cambia conforme progresa la sociedad.

Y la maternidad no está exenta. Es un tema que podría recaer en la manera en que se ha educado a las mujeres, tal vez, de una manera pasiva y sumisa. Expectativas culturales que esperan, como el enseñarle a una hija a ser una dama para así reforzar la feminidad, mientras es también la “cuidadora de la dinastía”. Entretanto, del otro lado de la moneda, debe disciplinarse a un hombre de modo firme para no despojarlo de su masculinidad y que esté siempre orgulloso de ser el encargado de procrear a sus descendientes. 

Diría Peggy Papp que enfrentamos este dilema generalizado donde las mujeres tenemos que ser a la vez complacientes, pero firmes de carácter; sociables, pero con criterio propio definido. Somos socializadas a modo de evitar conductas que parezcan agresivas cediendo a la necesidad de que nuestros logros sean reconocidos, por temor a que los demás los interpreten como una actitud ególatra.

Pero luego nos topamos con el triste hecho de que incluso algunas mujeres son quienes critican a las otras. Imaginen que una mujer controla sus emociones, establece límites armónicos entre su trabajo y su familia, ha aprendido a dirigir asertivamente sus intereses y progresa profesionalmente. Digamos que es una mujer que no tiene conflictos ni problemáticas. Sin embargo, por el simple hecho de no poder mantener una relación satisfactoria con un hombre, es descalificada. Peor aún, parece que lo tiene todo, pero algo no debe estar bien porque no quiere tener hijos. “¿De qué le sirve todo el éxito profesional si no lo puede compartir ni dejarlo como legado?” -he escuchado.

Al mismo tiempo, la sociedad despedaza a las mujeres con dobles mensajes de reconocimiento/crítica por ser madres trabajadoras. Y como lastre se viven el peso social, familiar y la violencia de género, al señalar con el dedo a quien decidió tener hijos, pero no darles tiempo para atenderlos, criarlos y verlos crecer “como se debe”.  

¿Hasta dónde los paradigmas juegan un papel limitante? ¿Cómo los prejuicios y las premisas básicas sociales están interviniendo en la posibilidad de conceptualizar nuevas ideas y fortalecer a nuevas familias que no son tradicionales? En un mundo progresivo en donde lo tradicional ¡ya es la diversidad!

¿Cómo pueden las madres decidir ser madres o no serlo cuando hay reglas básicas que aparentemente rigen la normatividad?

Una madre debe criar a su hija convirtiéndola en una adulta autónoma, con la posibilidad de arreglárselas sola, pero no tan eficiente, no tan independiente para no necesitar al otro; dueña de sí misma, pero dispuesta a someterse a los deseos de alguien más; fomentando la confianza sin que sea excesiva. Y ya no hablemos de su sexualidad, en donde reprimirla sería convertirla en la reina de hielo, pero ser permisiva es demasiado agresivo y la convierte en una “zorra”. ¿Y si es hombre? Las reglas cambian, pero siempre hay reglas. 

Lo femenino y lo masculino son construcciones culturales que requieren desempeñar ciertas normas, obligaciones, pensamientos, capacidades y conductas solamente por ser de un género o del otro.

Hablamos entonces de cómo la norma de conducta general asignada a la mujer en función de su sexo tiene que ver con tener hijos, y una vez que los concibe, debería contar con el talento innato de criarlos amorosa, firme y funcionalmente, cada uno en su rol de género correspondiente.

Y mi pregunta sería si esta normatividad de ser madre y tener que ser madre perfecta ¿se puede convertir en algún momento, aprovechando la evolución y el desarrollo social, en tan sólo un rastro, de lo que ha sido históricamente una imposición moral, religiosa, social, una regla de conducta, un establecimiento normativo de género?

Lo que sí sé es que es hoy muchas madres son ya formadoras de mujeres que podrán ser libres, independientes y amorosas. Son madres de hombres a los que se educa con firmeza, a fin de que sean sensibles, conscientes y respetuosos. Mujeres plenas que han decidido ser madres de sus perros o gatos y establecen normas, así como criterios propios en sus familias. Hay madres de todos o de nadie, madres de una misma, de sus proyectos de vida, de su carrera, de su profesión, de ese departamento o de ese logro al que se le ha invertido tiempo, dinero y amor.

Hoy, se puede elegir ser madre o no. Y cuando se trata de tomar decisiones sobre cómo ser la mejor, tal vez un primer paso es evaluar el sistema de creencias que nos rodea y que rige nuestra vida, porque, tal vez, sin darte cuenta, hoy ya estás siendo madre. 

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