Hace algunas semanas, al conversar con una médica que atiende a personas con COVID-19 me contaba una anécdota en la que los niveles de saturación de oxígeno de un paciente comenzaron a bajar de manera dramática, de acuerdo con sus protocolos rápidamente se convertía en un candidato a ser intubado. En un cierto momento, la doctora empezó a hablar, a tratar de transmitirle con sus palabras un mensaje de tranquilidad, mágicamente, sus niveles de saturación se fueron normalizando y por consiguiente se libró de un procedimiento médico por demás fuerte e invasivo. Mientras la anécdota terminaba nacía en mi la pregunta sobre ¿cuál es el peso de lo psicológico, de lo mental, de lo íntimo en la recuperación o en el deterioro de la salud de una determinada persona? ¿Cuántas personas con la enfermedad, hubieran tenido un desenlace diferente si acaso hubieran tenido la oportunidad de hablar con sus familias?

Pero si extendemos la reflexión resulta que muchas problemáticas propias de nuestra sociedad han sido atacadas sin estimar el potencial que tiene mirar a la salud mental como un factor determinante. Pensemos por un momento a los millones de alumnos(as) que en su regreso a clase están enfrentando un proceso de aprendizaje atravesado por un numero de emociones tales como el miedo, la frustración, el enojo, etcétera.

Pero esta invisibilización no es de hoy, lo diferente es que el escenario de la pandemia, nos ha lanzado la afrenta a la cara. El valor social que tiene ir a terapia lleva décadas en una lucha por posicionarse, cuando te duele el cuerpo en automático se asume a quién o qué lugares se puede acudir en busca de ayuda, no así cuando te duelen los recuerdos, te atormentan tus demonios, te dominan tus conductas, en ese momento hacemos rodeos para evitar en lo posible llegar a un consultorio de psicoterapia.

Si bien es una conducta problemática la que nos lleva a abrir nuestra subjetividad con otro desconocido, lo paradójico es que al atravesar la puerta del consultorio más que presentar un síntoma de locura estoy demostrando un indicador de salud mental. Me gustaría poder reflejar en este texto la reacción de sorpresa de mis consultantes cuando se permiten mirar en perspectiva su propia salud, pensar que si acudo a pedir ayuda es en sí mismo ya un signo de recuperación. Pensar que a los campos de la tragedia le es inherente la semilla de lo posible.

Quiero invitar a quienes pueden leer en este texto en la distancia física y temporal a repensar lo que entienden como salud, darse la oportunidad de mirarla como un diamante de diferentes  caras pero al fin todas y una como lo mismo, estas lecciones nos vienen desde lejos, incluso del  mismo huhuetlactolli (la palabra antigua), cuando los antiguos mexicanos le hacían la siguiente exhortación a los enfermos “[…] Hijo mío, mi apreciado, te ha atrapado el Señor, el Dueño de la tierra, el Dueño del mundo […] así te puso  su enfermedad […] en ti pone lo pesado, lo penoso, lo que enferma […]

Ahora que tú estás enfermo, primero te digo que, lo que requieres y es más necesario  es que busques a su curador de gente […] al confesor, el que endereza el corazón de la gente, para que le exhibas así lo que está doliente, la cosa preciosa que es tu alma, la que te da vida; después buscarás  que cure tu cuerpo […]” Para curarse es necesario identificar el cómo, pero éste tiene su base en el para qué, digamos que no basta con guardar la vida, sino pensemos en el para qué guardar la vida, la respuesta a la primera pregunta sin duda ha de venir de la medicina, la respuesta a la segunda pregunta vendrá de otras disciplinas, unas de ellas es la psicoterapia.

Reconocer que el cuidado de lo mental debiera ser un pilar sobre el que estructure el desarrollo humano tal vez podría poner como tema de discusión central el cómo acceder a ella. Tal vez así podríamos seguir caminando para hacer posible la sentencia de que acudir a un consultorio de psicología no debiera ser un privilegio sino un derecho.

Referencias bibliográficas

  • Leon- Portilla M, y Silva, L. () Huehuetlactolli. Testimonios de la antigua palabra. México: Fondo de Cultura Económica. 
Artículo anteriorLa corrupción que no se ve: las estadísticas
Artículo siguienteEmbarazo no planificado, cómo prevenir
Licenciado y Maestro en Psicología por la Universidad Nacional Autónoma de México, actualmente cursa del Doctorado en Psicología en la misma universidad, desarrollando el proyecto de investigación Estrategias de afrontamiento en familiares de víctimas de desaparición forzada. Terapeuta familiar especialista en trabajo con víctimas de graves violaciones de Derechos Humanos. Ha realizado trabajo terapéutico y de evaluación psicosocial con poblaciones en riesgo y comunidades que experimentan Graves Violaciones de Derechos Humanos, como tortura, trata desaparición forzada y feminicidio. Se ha desempeñado como psicólogo forense en la Procuraduría General de Justicia del Estado de México, como perito oficial y particular en el nuevo sistema de juicios orales. Ha facilitado talleres de desarrollo humano, en temas de género, violencia de género, resolución no violenta de conflictos. Cuenta con experiencia Internacional en Buenos Aires Argentina haciendo intervención comunitaria en la Asociación Civil Neike Profam- Fortalecimiento Familiar, trabajando el tema de intervención y atención al abuso sexual infantil.

Dejar respuesta

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí