Antes de empezar con este articulo me gustaría adelantar que todo lo escrito aquí es una opinión abierta al debate y a las observaciones que nuestros lectores consideren pertinentes. Y si es necesario, de las correcciones que puedan asumirse.

Bien, lo primero que vale la pena entender es ¿qué es la pulsión? Esto es importante porque muchos autores, sobre todo de las corrientes cognitivo conductuales, suelen ubicar a este fenómeno dentro de un grupo de “algo” llamado “instintos”. Sin embargo, por lo menos para los defensores de la teoría psicodinámica es importante destacar ciertas características en la pulsión que nos obligan a poner un punto y aparte, y ponerla en un costal distinto.

A saber, valdría la pena destacar tres características importantes: no importa cuantas veces sea saciada, esta volverá a renacer cada cierto tiempo; esta se presenta en ciclos, es decir, cada cierto tiempo tiende a resurgir; y, busca la manera de abrazarse a un objeto.

De esta forma, en la teoría psicodinámica, esa en la que sus seguidores dividen el tiempo en un antes y un después de S. Freud, encontramos dos tipos de pulsiones: la pulsión sexual y la pulsión de muerte. Siendo la primera el enfoque de este artículo.

Más allá de los pleitos y las discusiones que deriven entre los “cognitivo-conductualistas” y los “psicodinamistas”, de acuerdo a lo mencionado anteriormente, este fenómeno de la pulsión no puede ser comparado con lo que los últimos llaman instinto, pues el instinto siempre va a requerir un estímulo para ser generado, por lo que no es cíclico, y busca a alejarse del objeto. Y es en este punto donde tenemos fenómenos como el miedo.

Luego entonces, para la mayoría de los neurocientíficos, el concepto de pulsión resulta ajeno, extraño y probablemente hasta esotérico. Sin embargo, hay conceptos y evidencia en las neurociencias que podrían empatarse con las observaciones hechas por la teoría psicodinámica. Ya que en ambas encontramos prueba de una tendencia interna del hombre a buscar inconscientemente “algo”, como por ejemplo el alimento o el coito. Lo que ha llevado a describir en las neurociencias los ciclos biológicos internos como el ciclo circadiano u otros denominados ciclos infra o ultradianos, por ejemplo, la alimentación y las temporadas de apareamiento respectivamente, los cuales parecen ser, hasta cierto punto, equiparables a la pulsión de muerte y a la pulsión sexual.

 

Luego entonces, para la mayoría de los neurocientíficos, el concepto de pulsión resulta ajeno, extraño y probablemente hasta esotérico. Sin embargo, hay conceptos y evidencia en las neurociencias que podrían empatarse con las observaciones hechas por la teoría psicodinámica.

Por lo tanto, a diferencia de otros escritores o autores, yo tengo un gusto (casi obsesivo, lo admito), por destacar el papel del hipotálamo sobre otras estructuras del sistema nervioso. Pues la evidencia sugiere que este “pequeño pedazo de cerebro” es un gran regulador de la conducta humana más primitiva. Incluyendo aquello que los “psicodinamistas” llaman pulsión. Entendiendo que si bien esta pulsión puede tener un origen de distintos niveles del sistema nervioso, es el hipotálamo el área responsable de tramitar y canalizar esa energía hacia una conducta pulsional.

De hecho, en investigaciones como las de John Flynn en gatos y otras revisiones posteriores hay evidencia que muestra cómo, dependiendo del área estimulada en el hipotálamo, podemos observar una “conducta de amenaza” o de miedo, y otra “conducta depredadora” o de deseo, estimulando el hipotálamo en su porción medial o en su porción lateral respectivamente, sin que cambie el objetivo visual.

Por tanto, muy, pero muy probablemente, se quiera o no, en el fondo de nuestro cerebro hay una porción que promueve nuestra búsqueda constante del deseo. Y es posible que cada cierto tiempo se encienda nuevamente, incluso aunque no sea en San Valentín. Pero siempre es bueno contar con estas fechas para canalizarla funcionalmente, ¿O no?

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