En tiempos de consumo, ¿el amor es una mercancía?

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Marx habría dicho que la religión era el opio de los pueblos, sin embargo, parece más acertado decir que en el siglo XXI el amor o cuando menos, una determinada forma de éste, es el verdadero opio de los pueblos. Esta forma de amor que nos es presentada como la única forma de expresión es aquella que podemos ver en comerciales de gaseosas donde estas son el pretexto idóneo para vincularse, en espectaculares de fragancias que llevan su nombre y que despiertan estas maravillosas experiencias. Así también, existe en imágenes que muestran cuerpos torneados entrelazados en los que una prenda recubre el sentido amoroso, e incluso en aplicaciones en las que se nos promete establecer compatibilidades mediante porcentajes.

Eva Illouz nos advierte sobre las implicaciones que el mercado y las lógicas de consumo han tenido en la generación de los discursos amorosos propiciando una lógica afectiva basada en el consumo, en la variedad, en la innovación,  en el utilitarismo, en la satisfacción inmediata y en un lenguaje de intereses. Características que algunos autores identifican como propias de las sociedades actuales.

Así, el amor ha pasado a ser un bien, una mercancía que se encuentra disponible en una multiplicidad de formas (monogamia, bigamia, poliamor, anarquismo afectivo, relaciones abiertas, y muchas más) y que puede ser asequible en cualquier momento si contamos con los medios necesarios. Podríamos decir que nos encontramos en una etapa en la que el amor está a la carta; sólo basta elegir qué modelo nos ajusta ¡y listo!

Hasta aquí todo resulta sumamente atractivo, pues la diversidad y la variedad son cualidades que debemos reconocer, aceptar y defender como propias de la condición humana. No se pretende desestimar las bondades de la heterogeneidad en las formas de relación, ni en los modelos de interacción. Por el contrario, nos gustaría señalar la aparente banalización de los vínculos afectivos, algo que Zygmunt Bauman ha llamado amor líquido, fluctuante, dinámico, pero al mismo tiempo inestable y poco firme.

Coleccionamos experiencias, añoramos citas ideales y fantaseamos con besos, caricias, palabras y sexo sin fallas. Romantizamos la despersonalización de nuestras relaciones, a tal punto que cualquier indicio de conflicto resulta propicio para buscar mejoras en otro objeto, en otras personas.

 

Las relaciones amorosas ahora son vistas como productos terminados, disponibles en una gama amplia de ofertas en las que las necesidades individuales son desplazadas a terceras personas, evadiendo las responsabilidades que confiere un proceso de interacción social, pues las relaciones se convierten en los medios para satisfacer expectativas personales. Al igual que con unos jeans o una camisa, establecemos relaciones utilitarias en las que se busca obtener la mayor cantidad de ganancias teniendo pocas pérdidas.

De esta forma, en las presentaciones idealizadas del amor, no existen personas del otro lado con quien nos relacionamos, sino medios por los cuales podemos satisfacer necesidades afectivas, en las que esperamos que se cumplan expectativas, anhelos, deseos, sueños: emulamos una idea del amor como meta, no como ruta.

De esta manera, evadimos responsabilidades afectivas recolectando souvenirs románticos. Coleccionamos experiencias, añoramos citas ideales y fantaseamos con besos, caricias, palabras y sexo sin fallas. Romantizamos la despersonalización de nuestras relaciones, a tal punto que cualquier indicio de conflicto resulta propicio para buscar mejoras en otro objeto, en otras personas.

Así, el amor se ha convertido en un fetiche de la cultura pop, en el cual los compromisos son aspectos que restringen, y por tanto, asumimos modalidades que no atienden las necesidades de crecimiento mutuo. Queremos cuerpos y afectos embazados, dispuestos a ser consumidos y en los que la ingesta amorosa sea la pauta y el canon, nada más. Muchas personas arguyen que la crisis amorosa proviene de las irrupciones de modalidades alternativas a los vínculos afectivos, pero parece que la verdadera crisis subyace en aspectos que van más allá de las modalidades afectivas; pareciera que el aspecto más importante recae en el compromiso y en la responsabilidad. Compromiso y responsabilidad no como sentido de perpetuidad, sino como un posicionamiento ético basado en la libertad de estar (o no) en relación con otra(s) persona(s), asumiendo los alcances y las limitaciones que estas puedan tener. Implica reconocer el papel como persona, propio y ajeno, en el que vincularse implica reconocerse humanos, es decir, falibles.

Srećko Horvat ahonda en las potencialidades del amor como fuerza política (revolucionaria), lo cual tiene sentido. La radicalidad del amor no se encuentra en la cantidad de vínculos, afectos, formas, gustos, placeres y sentires, sino en la capacidad de reconocer a una persona en libertad frente a ti.

En un contexto donde los esquemas sociales son cada vez más abrasantes, indiferentes y poco empáticos, centrados en la hiperindividulidad y en el anonimato, así como en el consumo ególatra e inmediato, el amor implicaría una forma de solidaridad que represente un verdadero acto de libertad, una revolución afectiva subyacente en que las voluntades confluyen en rutas vitales.

La radicalidad del amor entonces implicaría el reconocer, aceptar y promover la integridad de las personas como canon de su propia existencia. Esto resulta algo complicado, pues parte de un ejercicio constante de diálogo, negociación y acuerdo, algo para lo que no siempre estamos dispuestos.

3 Comentarios

    • Hola Erica, muchas gracias por leer el texto. Qué alegría saber que fue de tu agrado, y por el comentario. Pronto estará el siguiente número, espero que tengas oportunidad de leerlo. Abrazos
      Alfonso Munive-Valencia

  1. Me pregunto si este bombardeo constante de la mujer en los artículos comerciales, nos formen una idea errónea del amor en donde la mujer es una mercancía, que no siente y no expresa sus sentimientos

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