Vivimos en una época en la que nos relacionamos en gran medida a través de nuestras redes sociales digitales. Nos “enamoramos” de cuentas de Instagram, de las selfis de nuestro crush y pensamos que podemos llegar a conocer a las personas por medio de sus fotos o publicaciones en Facebook. Así, en ocasiones nos resulta más fácil y común practicar el stalking, que hacer una invitación a tomar un café, a ir al cine o a cualquier otra actividad, para seleccionar o descartar a algún prospecto.

A veces conocemos a una persona “de vista” que nos parece interesante y la agregamos a nuestros contactos, entramos a su perfil y creamos una idea sobre lo que supuestamente es. Pero, ¿ya nos preguntamos si estas producciones públicas son “reales” o nos permiten conocer de forma integral a alguna persona? Si nos detenemos a reflexionar sobre esto, podríamos darnos cuenta que crear concepciones sobre los otros a través de imágenes o unos cuantos posts puede ser un gran error. No es por acaso que los perfiles de Instagram con más número de seguidores son los de las celebridades, que son administrados por grandes equipos de marketing y no por ellos mismos. En estos se observan patrones de contenido recurrentes como fotos sexys, estilos de vida (normalmente lujosos), fiestas, entrenamientos del cuerpo, selfis, etcétera. Cristiano Ronaldo, Justin Bieber, Kim Kardashian, entre otros, son los reyes de esta red social.

Volviendo al tema del amor, en las redes sociales proliferan las fotos de las “parejas perfectas”, normalmente heterosexuales, donde las características del “amor romántico” (aquel que todo lo puede y todo lo permite) prevalecen; además, con un toque mercadológico. Aquí, el amor es idílico, pasional, no existen problemas ni situaciones aburridas o negativas de la vida cotidiana. Además, solo se da entre parejas jóvenes. En esa narrativa visual, solo hay momentos de ensueño, «príncipes» y «princesas» en hermosos escenarios en las playas, en callejones o puentes de las más bellas ciudades del mundo. Además, en San Valentín, estas parejas intercambian los regalos más románticos y costosos. Hace unos años, por ejemplo, Katy Perry le regaló a su expareja Rusell Brand un Bentley Brooklands; mientras que Jay-Z le dio a Beyoncé un lujoso teléfono celular de platino e incrustaciones de diamantes.

Pero hay un tema que debemos comprender para no desanimarnos si en San Valentín no derrochamos sensualidad, romanticismo y lujo: el concepto de lo público y lo privado. Barbieri (1996) señala que lo privado sería el ámbito doméstico, la vivienda, así como las relaciones parentales e íntimas; mientras que lo público se constituye por todo lo que pasa fuera del hogar y las relaciones sociales que no son conyugales, de parentesco o de amistad. Sabemos que las redes sociales han sobrepasado estos límites; sin embargo, también es cierto que, como usuarios, solamente generamos contenido con aquello que deseamos hacer público, porque sabemos que muchas personas lo verán. De alguna forma, cada uno de nosotros es estratega de su propia social media y también, en ocasiones, simplemente reproducimos, imitamos, con nuestras propias fotos, imágenes como las de las cuentas más seguidas.

Por esta razón, resulta poco lógico pensar que podemos conocer a una persona realmente a través de una cuenta de Instagram o de Facebook, pues siempre estará faltando otra parte: la cotidianeidad, la privacidad, la espontaneidad y el amplio conocimiento que nos da el relacionarnos cara a cara o cuando menos de forma más directa a través de otros canales de contacto. Y por otro lado, no deberíamos medir nuestras relaciones con base en los parámetros que los medios nos imponen.

Todos los que hemos vivido el amor sabemos que este tiene muchas formas y escenarios, edades, nacionalidades, géneros, orientaciones sexuales, gustos, grupos urbanos, clases sociales, en fin… Y no necesariamente debe parecerse a las repetidas imágenes que las redes sociales o los medios de comunicación nos presentan. Por esta razón, este San Valentín y en cualquier otra época, hay que ver con desconfianza lo que las grandes empresas de marketing nos presentan.

*Este no es un texto de un especialista de la salud mental.

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Es periodista y traductora. Doctorante en ciencias sociales con énfoque en género por la Universidade Estadual de Campinas (Brasil). Actualmente realiza una estancia doctoral en la Freie Universität Berlin (Alemania). Es Maestra en Comunicación por la Universidade Federal de Paraná (Brasil). Licenciada en ciencias de la comunicación con énfasis en comunicación política por la Universidad Nacional Autónoma de México. También, cuenta con estudios de magíster en lingüística, mención lengua española, por la Universidad de Chile. Ha colaborado en medios mexicanos y del exterior. Contacto: [email protected]

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