¿“Echarle ganas” es suficiente cuando un hijo pierde la salud?

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Vivimos en una sociedad donde el papel de una madre es el eje que mantiene a flote a una familia. Es la encargada de la crianza de los hijos, de proveer el cariño y el amor entre sus integrantes; es administradora, enfermera, psicóloga, maestra, cocinera y un sinfín de profesiones, que la hacen ser una “súper mamá”. Ciertamente así es, ya que cuando te subes al “barco” de la maternidad no hay cómo echar marcha atrás y te reinventas para lograr tener cada día esa familia que tanto deseaste.


Sin embargo, esto es solo una pequeña parte de lo que cotidianamente una madre vive en su día a día. Además, me recuerda a un cortometraje que recientemente vi, “La playa y la montaña”, el cual hace referencia a las enfermedades raras en los niños. Esto me llevó a recapitular mi estancia en un hospital infantil donde me tocó experimentar la infinita capacidad de aquellas mamás que llevaban a sus hijos a diversas áreas; las más frecuentes, oncología y nefrología.


Una de las funciones que me tocaba desempeñar era ser coterapeuta en el área de Terapia Familiar y ser la orientadora del grupo de ayuda a madres cuidadoras. Una de las constantes entre aquellas mujeres era la “culpa” ya que consideraban que no eran capaces de procrear hijos sanos y esto se agravaba cuando habían transitado un largo camino para lograr ser madres por primera vez. Para otras, se les agregaba a su batalla la falta de un pilar de apoyo que las tomara de la mano cuando sentían que ya no podían más, ya que en muchas de las ocasiones la pareja estaba ausente y la enfermedad del hijo evidenciaba la frágil cimentación de la familia.


Pero no todo era un abismo. Había familias que evolucionaban al nuevo panorama que se les presentaba. Recuerdo a una familia de 5 integrantes, ambos padres y 3 hijos. El más pequeño, un bebé de unos meses de nacido era quien asistía al famoso pabellón de cancerología por un tumor en la pierna izquierda. Cada miembro había asumido un rol fundamental para hacer funcionar su hogar mientras la mamá se ausentaba. Esta familia era como tener enfrente a un iceberg; solo mostraban una pequeña parte de sí mismos, pero cuando una situación lo requería, mostraban sus cualidades más asombrosas, demostrando una infinita capacidad de “resiliencia”.


En otras palabras, la “resiliencia” es la capacidad que tienen las personas para adaptarse a eventos/situaciones que pueden ser traumáticas o que implican un dolor emocional significativo. Son características que tienen para poder sobresalir ante la adversidad y significan más que solo “echarle ganas”.

Pero ¿a qué se debe que sigamos diciendo “échale ganas” y por qué parece como si en verdad funcionara? Parte de la respuesta se encuentra en el amor que se siente por un hijo y que hace que se mantenga el temple para mantenerse de pie día tras día. Por otro lado, se debe a la capacidad que tenemos para darle un nuevo sentido a lo que nos enfrentamos y no solo quedarnos en ¿por qué me pasa esto a mí? para avanzar al ¿para qué me sirve esto? Es difícil llegar a este punto, pero no imposible, ya que la clave se encuentra cómo lo harás. ¿Lo lograrás quejándote de tu mala suerte? o, por el contrario, te encargas de lo que sí puedes hacer hoy.

Quizá esta frase pudiera sonar monótona y sin sentido después de tanto escucharla, pero lo cierto es que una vez que encuentras un nuevo significado es cuando estás un paso más cerca de llegar “a la cima de la montaña”.

Finalmente, los mitos sobre el amor son eso, mitos; pero en raras ocasiones el amor “casi” puede con todo, incluso con el duelo por la pérdida de salud de un hijo.

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