Divorcio: ¿cómo afecta a los hijos?

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Es irónico pensar que hay muchas parejas que no se soportan, pero se quedan “juntas” solo por los hijos. Mientras, en el otro extremo, un sinnúmero de parejas se separa y pelean a muerte con garras y dientes, solo por los hijos.

Es muy difícil quebrantar el paradigma familiar que establece las normas relacionales de los padres, reduciéndolos solo a ese rol y dejando de lado el hecho de que antes de ser padres, son pareja, y previo a esto, son individuos.

Así pues, cuando hablamos de una separación o de un divorcio, habría que referirnos exclusivamente al rompimiento de los lazos afectivos y de la interacción que unen a los miembros de una pareja, mas no a la separación de la persona con su familia, es decir, lo que corresponde a la relación entendida como padres o madres.

Pareciera complejo hacer esta división. Sobre todo, porque lo más común es que ante la desilusión, el dolor, el enojo o la sorpresa del rompimiento conyugal, siga una serie de actitudes y conductas que descalifican el rol parental por parte de aquel que ha sido culpable de la separación. Y así, se nos bate el arroz. El simple hecho de enfrentar una separación es muy doloroso y desconcertante, peor cuando, por ejemplo, el enfoque pasa de enojarse con el otro por poner el cuerno a enfurecer porque, además, ya no quiere dar dinero para la escuela del hijo. ¡Doblemente desgraciado!

Y sí, seguramente está muy mal lo que el otro está haciendo para ganarse ese adjetivo “descalificativo”. No se vale y seguramente no tiene justificación. Pero justamente porque la prioridad son los hijos y el bienestar de ellos es lo más importante, es que este es un momento en el que hay que acudir a todo ese grande amor de madre o de padre para buscar la manera más funcional y sana de enfrentar la terrible separación con las consecuencias que conlleva, sin sumarle daños innecesarios a la situación, sobre todo, repercusiones que no corresponden a los hijos experimentar, ni sufrir, ni resolver. Porque cuando se trata de separaciones o divorcios, con que uno sufra es suficiente.

La forma en que se les hable de la separación a los hijos será en gran medida la fórmula que promueva ayudarlos a sufrir lo menos posible. La manera en que se relacione la pareja (o la falta de relación) durante la separación, al igual que los acuerdos que como padres deben establecer, las actitudes que cada uno adopte ante tal circunstancia, todo en conjunto, transmite a los hijos un modelo en cuanto a los afectos, deseos, miedos, expectativas, formas de afrontar los conflictos, la manifestación de emociones, etc., y esto será directamente proporcional a las secuelas que la separación causará en ellos.

Hay que tomar en cuenta que frases como “tu papá ya no quiere estar con nosotros”, “tu mamá nos dejó”, “prefirió irse con la otra que cuidar a su familia”, “dice que ya no es feliz con nosotros”, y muchas otras, son extremadamente dañinas para los hijos.

Aun cuando el otro sea quien haya jugado sucio y cuando la decisión de separarse también implique alejarse de sus hijos, el rompimiento primario es de un individuo con el otro y, en segundo término, el objetivo es poner fin a la relación íntima de pareja. Pero nunca, aun en presencia del divorcio, yéndose a vivir a “Timbuctú” o “desapareciendo del planeta”, puede darse por terminada la relación parento-filial. Porque hasta el padre más irresponsable del mundo o la madre más insensible del mundo siguen siendo padre o madre mientras tengan hijos.

Será labor de ambos continuar estableciendo los acuerdos necesarios relacionados con la crianza y el cuidado de los hijos. Ahora ya con nuevas reglas. Y, efectivamente, puede ser sumamente difícil (caótico o parecer imposible) lograr ponerse de acuerdo por un tiempo y también puede ser que eventualmente uno de los dos se desaparezca de la película de forma temporal o permanente. Sin embargo, el tiempo, acompañado de un buen proceso terapéutico, pueden detonar los mejores recursos para resolver lo necesario sin transferir atribuciones y responsabilidades a quienes no corresponde.

Por último, cabe aclarar que la avalancha de emociones que implica una separación es inevitable. Y bombardear a los hijos de un exceso de detalles que pertenece solo a la pareja es bastante perjudicial, como también es nocivo pretender esconder las emociones y tratar de evitar a toda costa que los hijos observen la tristeza, el enojo o el desconcierto.

Vale la pena determinar espacios que evidentemente sirvan para tomar un break y manifestar asertivamente el porqué de estos momentos, sin miedo a que los hijos se den cuenta de ello. Recordemos que siempre, ante todo, se está dando un ejemplo.

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