En mi artículo anterior prometí hablar de un sistema de salud «sociopatizante«, es decir de un sistema que favorece conductas sociopáticas en los médicos y en el personal de salud que lo integran. Pero antes de entrar al tema es importante entender el concepto de sociópata, lo cual, ya impone un reto que veo imposible de resolver en un texto de dos cuartillas. Ya que, por lo menos, abordar la definición de sociópata me obligaría a usar la totalidad de este espacio. Y por otro lado, seguramente me obligaría a iniciar un debate, tanto con personas conocedoras del tema, como con los neófitos. Pues hablar de un sociópata es casi tan complicado como tratar de definir la Psique, y no por la falta de definiciones, sino por la abundancia de las mismas, con múltiples contradicciones, sobre todo cuando se quiere distinguir del concepto de psicópata.  De hecho en esta ultima comparación, el manual diagnóstico estadístico de los trastornos mentales de la asociación americana de psiquiatría (o “DSM” por sus siglas en inglés), ha decidido simplemente asumir que los conceptos de psicópata y sociópata caben en uno solo; el trastorno antisocial de la personalidad. Donde predomina un patrón prolongado de manipulación, explotación o violación de los derechos de otros, sin ningún remordimiento.

Con esto en cuenta, este artículo no pretende ser un referente, ni académico, ni especializado para la definición de sociópata o sociopatía, en todo caso, si les interesa mi postura en el tema recomiendo mi propia reflexión en el ensayo «Paleopsicología«. Una breve historia de la psicopatología» (Rodríguez 2018). Tampoco quiero venderme como el dueño de la verdad ante una variedad tan grande de definiciones por diferentes académicos.   Así que me centraré en el común denominador del problema, tanto del trastorno antisocial, como del sociópata y del psicópata.  Es decir, en la falta de preocupación por el bien ajeno, en otras palabras, una constante falta de capacidad por percibir el dolor de los seres humanos con los que se interactúa. Lo cual, de facto hace más fácil dar prioridad a las necesidades personales, aun cuando estas deriven en el daño o perjuicio de los otros. 

Desde este punto de vista, ahora podemos preguntarnos si ¿esa pérdida de sensibilidad por el bien del otro, o por el bien ajeno, es una característica con la que se nace o se hace? Lo cual nos lleva a una de las diferencias que destacan algunos autores sobre lo que distingue a un sociópata respecto a un psicópata, afirmando que el primero se hace y el segundo nace. Posturas que si bien, no comparto del todo, aprovecharé para que entendamos que la conducta sociopática puede ser favorecida por el entorno, social, cultural, laboral y académico, entre otros contextos. Y siendo así, podemos añadir una segunda pregunta: ¿qué puede provocar que un médico se vuelva un sociópata? Esta pregunta, al ser directamente vinculada con la insensibilidad por el dolor ajeno suele ser respondida por la mayoría argumentando que, ante la constante exposición a la muerte y al dolor que implica una carrera como la medicina, el médico se tiene que des-sensibilizar para proteger su mente de tanto dolor. Sin embargo, como es mi costumbre, quiero destacar el factor social antes que la exposición clínico-laboral al dolor crónico, como un hecho real, que podríamos estar menospreciando.  

Para tal argumento retomemos la brújula del artículo anterior, y preguntémonos respecto a los intereses que estimulan a un bachiller para decidir estudiar medicina. Para mí la respuesta se limita a una palabra; el prestigio. El cual, puede ser económico, representado en una buena casa, un buen auto, o buenas condiciones para la familia o los hijos; o moral, representado en el prestigio social por ser inteligente, por ser capaz o por ser resistentes a la adversidad. De hecho, no es raro notar en los argumentos con los cuáles un médico suele exigir que se le mejoren sus condiciones laborales y de trabajo en México están muy vinculadas con todo el esfuerzo que ha tenido que hacer para llegar a donde está. Lo cual no crítico, sino que destaco para entender que la motivación central que permite tolerar el sinnúmero de vejaciones, retos o vicisitudes que implica una carrera como la medicina puede ser explicada gracias al interés de obtener ese prestigio, en sus innumerables representaciones mentales.         

Dicha mentalidad, asume, consciente o inconscientemente, que la sociedad tendrá la capacidad de valorar dicho esfuerzo. Lo cual, en la realidad o en la imagen que tienen muchos médicos de su realidad, no ocurre. Generando y generalizando una idea muy difundida, la de un sistema de salud público que no ofrece las condiciones adecuadas para el desempeño de sus funciones, no solo de los médicos sino de personal como enfermería o trabajo social.  Donde el concepto de un trabajo “digno”, es tan inalcanzable que la motivación original por la cual se aceptaría un trabajo en el sector de la salud es completamente tergiversada. Por lo menos para el sector público, pues como lo he dicho previamente en el artículo anterior, el bienestar de un trabajador de la salud en el sistema público no depende del bienestar del paciente, sino del quedar bien con el poder político. Desvinculando al médico, a la enfermera, al trabajador social, e incluso al administrativo del bienestar del otro. Entendiendo que ese otro, es el paciente. Favoreciendo una conducta sociopática, donde no se percibe el dolor ni la “urgencia” del paciente o del derechohabiente. Porque es cierto, que gran cantidad de urgencias son sentidas, pero esas urgencias “sentidas” no se rechazan en un consultorio o clínica privada.   

Es decir; ¿en qué momento el fastidio por el trabajo, su paga o sus problemas nos quitó el gusto y la satisfacción por el paciente que nos dice gracias, aunque solo fuera un susto? ¿En qué momento el salario es tan bajo que no podemos sentirnos satisfechos con una jornada laboral y tenemos que hacer 16 horas de trabajo clínico extra fuera de casa, aunque eso afecte la calidad de nuestra atención clínica? ¿En qué momento las agendas se saturaron tanto que no podemos tomarnos diez minutos para compartir una broma o una anécdota con nuestros pacientes? ¿En qué momento la salud pública en México nos socipatizó?    

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