Cuando los girasoles se marchitan: vivir el proceso ante un diagnóstico

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Hace algunas semanas recibí como regalo un pequeño girasol plantado en una maceta, era radiante, realmente parecía un sol, las hojas del tallo suaves; además, traía consigo un pequeño retoño a punto de florecer. La tierra que contenía estaba fresca, lo mantenía con vida, aun estando en una pequeña maceta de plástico. Aunque yo había escuchado que “esas plantas no duran”, me llenó de alegría y me impresionó su belleza natural. Lo encontré tan radiante que confié en que con los cuidados necesarios podía mantenerse tan bello por mucho tiempo. Cada día cuando regresaba a casa, lo primero que hacía era ir a dónde estaba para saber si estaba bien, si necesitaba agua, si su color seguía igual o si era necesario colocarlo en una maceta más grande.

Un día, llamó mi atención que el color no era tan luminoso como antes. Había empalidecido y se veía “triste”. De inmediato, pensé en qué podía hacer para ayudarlo, quería que volviera a brillar como antes, busqué formas de nutrirlo, de ayudarlo plantas, pero con el paso de los días sus hojas se secaron y comenzaron a caerse. Parecía que le quemaba el sol y que el agua no era suficiente, entonces, comencé a sentirme triste. La tristeza es inevitable, pero sabía que pasaría, sin apresurar nada.     

Vivir una pérdida es el comienzo de un proceso que puede ser difícil y doloroso. Cuando se trata de la salud es quizá una de las pérdidas más espinosas, ya que muchos que lo viven, en lo único que pueden pensar en ese momento es en la incertidumbre que se genera sobre el futuro. Parece no haber un panorama alentador, y mucho menos, esperanzador frente al diagnóstico de una enfermedad crónica.

Los primeros días después del diagnóstico “se vuelven años”. El tiempo “pasa mucho más lento”, los pensamientos hacen eco en la cabeza y de paso en el corazón, nublando todas las “posibilidades” de las que los otros hablan: “se puede salir adelante”, “es cuestión de actitud”, “con el medicamento te sentirás mejor”, etc., lo cual no quiere decir que no sea cierto o que no sean expresados con las mejores intenciones, sino que asimilar que se ha recibido un diagnóstico sobre una enfermedad crónica no es nada fácil; comenzando con la forma en la que se recibe la noticia, en muchos casos, en un frio hospital sin el acompañamiento emocional adecuado. Posteriormente, ¿cómo se entera la familia?, ¿cómo decirles que comenzará un arduo camino para todos?

A partir de ese momento, el desgaste no sólo es para quien es diagnosticado, sino también para aquellos con quien establece relación en los escenarios más próximos, familia, amigos, compañeros de trabajo, etc. La interacción puede tornarse complicada frente a este panorama; las personas que “acompañan” este proceso, muchas veces no saben cómo actuar o cómo responder, y no está mal, no necesitan saber cómo sacar de la tristeza a alguien, porque ellos mismos también están pasando por su propio proceso de aceptación. En el mejor de los casos, las intenciones pueden ser las mejores, pero no producir el resultado esperado.

Es muy importante saber que, cuando se atraviesa por una situación que involucra el diagnostico de una enfermedad crónica, es normal y completamente válido experimentar sentimientos de angustia, tristeza e incertidumbre. Esto es parte del proceso; no sólo entre las personas que son diagnosticadas sino también entre los más cercanos. Y quizá, lo más recomendable, en estos casos, es no apresurar el deseo de estar animado. 

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