Cómo supe que necesitaba ayuda

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Yo también he tocado fondo. Cada vez que entraba al vestíbulo de la empresa me encontraba con una réplica de La mujer que llora, de Picasso. El primer día de trabajo nos daban un tour por la compañía y nos explicaban que era un cuadro muy importante. Esos últimos días, yo sentía a la mujer siempre mirándome, me hacía pensar que sus lágrimas eran la mías, porque cuando entraba, cuando salía, sentía un apretujón en el pecho acompañado de latidos muy rápidos, aquella sensación que me daba cuando pensaba que me la pasaba andando en círculos.

Mi padre me llamó aquella tarde para decirme que no me buscara más problemas, que ya era hora de cuidar de mi familia, que no necesitaba terminar mi carrera técnica. Unas horas más tarde, abrí mis e-mails y tenía un mensaje donde me avisaban que no había sido aprobada para la vacante que me había postulado, como analista de TI. Estaba intentando cambiar mi empleo, asistente de soporte de informática. En esos días había estado faltando mucho a mis clases del ingeniero Montesinos, un veterano que presumía construir sus propias computadoras en casa, aunque nadie las había visto. También, se la pasaba hablando de su larga trayectoria por IBM y de cómo enfrentó la humanidad la tercera generación de las computadoras en la década de 1960. Montesinos era conocido por sus implacables exámenes orales donde cuestionaba nombre, tamaño, poder de procesamiento, tipo de programas y fechas de cualquier computadora desde 1642.

A cada día que pasaba me daba cuenta de que no conseguiría pasar los exámenes, pues todos los días escaseaban los argumentos, sentimientos y movimientos para poder levantarme por las mañanas. Inclusive solían presentarse, siempre, los mismos pensamientos en mi cabeza: “esta no es la vida que querías”, “tu jefe nunca va a reconocer tu trabajo”, “no tienes dinero para pagar tu semestre”, “tus amigos… ¿cuáles amigos?”, “tu papá ya no puede trabajar”, “Camilo ya no te quiere” y “cada día estás más sola...”

Recuerdo bien el día en que Camilo y yo nos dejamos de importar uno por el otro, veíamos más la pantalla del celular que a nosotros. Nos gustaba hallar pretextos para no encontrarnos, para no tocarnos; hasta que un día conoció a Viki. Cuando me llamó para contarme, me fui a comprar una botella de vodka y la combiné con unos antibióticos que tenía en mi departamento. No quería sentir. No era la primera vez. Luego tomé un autobús, simplemente porque quería irme muy lejos y no pensar, pero lloré todo el trayecto con la cabeza posada en la ventana. Aunque esta ciudad es tan hostil que nadie reparó, hasta que al bajar de un salto, cuando el bús todavía estaba en movimiento, fui a dar contra un muro y finalmente terminé desmayada en la banqueta. La gente vino a socorrerme y me llevaron a una clínica. Era casi media noche.

Al día siguiente estaba en el baño del sanatorio cuando frente al espejo recordé cuando de niña jugaba a mirarme a mí misma fijamente a los ojos, hacía caras, bailaba, me pintaba la boca con el lápiz labial de mi mamá y me ponía sus collares. Me gustaba mirarme y jugar a que era una mujer adulta, feliz y muy famosa. Pero esa mañana me encontraba una imagen sombría, llena de desdicha. Otra vez vino aquel apretón de pecho que me daba cuando veía el Picasso y sentía que iba a comenzar a llorar. Y es que, una cosa es llorar por los demás; pero llorar por una misma parece que duele más.

Vino la enfermera a preguntarme si quería pasar con el psicólogo. Me sonrió. «¿Quieres empezar de nuevo?». Le dije que sí.

*Basado en una historial real.

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