Hace poco, leí una frase que me hizo reflexionar: “lo inevitable no merece nuestro miedo”. [1]

Pensé en la muerte porque es el inevitable acompañante de la vida.

Enfrentar una pérdida es como quedarse inmóvil en un torbellino de emociones. Porque no importa cuánto pueda parecer estar preparado, el golpe de una pérdida es altamente desconcertante, doloroso y viene acompañado de múltiples emociones (con o sin sentido) que uno debe encarar: tristeza, miedo, angustia, desesperanza, enojo, incertidumbre, hostilidad, impulsividad, desconfianza, inseguridad, impotencia, ansiedad, culpa, desolación, etcétera.

Así, enfrentar una pérdida requiere de un proceso de duelo y de recuperación.

Hay diferentes maneras de enfrentar una pérdida y eso depende de muchos factores, ya que cada persona puede reaccionar de forma distinta de acuerdo con su contexto, circunstancias, tipo de pérdida, recursos propios del momento o bien, aquellos que han servido para enfrentar situaciones similares en el pasado. Algunas personas confrontan de forma directa, organizando y estructurando el camino hacia la solución, mientras que otras suelen distanciarse del evento o de las personas relacionadas con este. Hay quienes identifican y expresan claramente lo que les ocurre y se muestran en control de lo que piensan o sienten Otros más emprenden la huida en búsqueda de estrategias que les ayuden a eludir la pérdida. Algunas personas buscan apoyo social porque requieren compañía; otras asumen con dominio la responsabilidad e incluso apoyan a terceros que también podrían estar afectados. [2]

Las estrategias de afrontamiento son individuales, unas pueden parecer más sanas que otras; sin embargo, es importante darle su espacio a la persona que sufre una pérdida para que lleve su propio proceso, sin apresurar su aceptación y resolución. El proceso de duelo lleva un lapso y no hay manera de fijar un tiempo cronológico, aunque es cierto que afrontar la pérdida de forma adecuada procura evitar que el duelo y el dolor puedan perpetuarse.

La mayoría de las veces y debido a que todos enfrentamos muchas pérdidas a lo largo de la vida, todos contamos con recursos y virtudes para sortearlas, cada quién a su tiempo, pero siempre con la capacidad de hacerlo. Sin embargo, los psicólogos podemos ayudar a que el proceso sea más sano. Incluso, es importante acudir a terapia para un acompañamiento cuando el duelo parece insoportable, cuando se está en riesgo o cuando se ha alargado demasiado sin observar cambios favorables que lleven al bienestar.

Es importante advertir que no solo la muerte es una pérdida. Inevitablemente, sin importar edad, género, religión o estatus social, todo ser humano enfrenta diferentes y varias pérdidas a lo largo de su vida, algunas como procesos naturales del ciclo de vida y otras de manera inesperada: la pérdida de una relación, de un trabajo, de un estado de comodidad, la pérdida de la salud o de alguna capacidad física o intelectual (propia o de alguien significativo), la pérdida de una mascota, de la identidad, de la esperanza, etcétera.

¿Qué puede ayudar a enfrentar una pérdida?

  • Los duelos no son procesos dogmáticos y dictatoriales, es decir, cada persona lleva su propio tiempo y estrategias de resolución. Hay que dejar de compararse con los otros. 
  • Las pérdidas no son una competencia, no tiene que ser algo sumamente grave o alarmante para que sea doloroso. Una pérdida es una pérdida y genera crisis, hay que atenderla.
  • Aceptar todas las emociones que se experimenten, todas son normales y pueden ir acompañadas de diferentes manifestaciones. Se vale sentirse así.
  • Las emociones negativas también son parte del proceso. Sentirse confundido, vacío y desesperanzado es normal. Y es normal sentir que nunca se logrará estar bien de nuevo.
  • El duelo no es un acto de desvalorización ni de vulnerabilidad, es un proceso, así que no se tiene que ser fuerte ni valiente. Nada de “ya no llores”, “¿sólo por eso estás así?” o “qué diría si viera como estás”.
  • Solicitar y permitir la ayuda, así como la cercanía de la gente que uno aprecia es bueno. Algunas veces los amigos y familiares no saben cómo acercarse o piensan que es mejor mantener la distancia. Manifestar el deseo de ser acompañado es importante.
  • Expresar las emociones ayuda a que el proceso fluya y también a que las mismas se disipen.
  • Darse tiempo, ser paciente, enfrentar día con día, uno por uno. Las cicatrices sanan y es posible seguir, pero hay que darse oportunidad.

[1] Autor: Acción poética Tucumán. Rescatada de Facebook.

[2] Lazarus y Folkman, 1984; citados por Iglesias, G. 2014.

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