¿Cómo exijo una salud pública de calidad?

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Cuando estudiaba el primer semestre de mi carrera en medicina, recibimos en el salón de clases la visita del director de la escuela. El nos reveló que estudió medicina para hacer dinero, concluyó advirtiendo que no tenía por que sentirse apenado al confesarse como un hombre que deseaba enriquecerse, aclarando “sé que se puede cobrar mucho siendo buen médico, y no estoy agrediendo a nadie, ni debo avergonzarme por decirlo. Al final, si lo que ofrezco es calidad y cumplo con lo que el paciente quiere, tengo derecho a vivir bien de lo que hago”.

Este discurso parecía tan incorrecto políticamente e impopular, que cuando lo escuché me llevó a una reflexión constante durante varios días. Sobre todo, porque no era raro escuchar y convivir con la idea del médico abnegado que debía darlo todo por su paciente.  Sin embargo, después de todo ese tiempo mi conclusión fue que el hombre tenía la razón. Por lo menos en relación con la medicina privada.

Como ejemplo de lo anterior podemos destacar al Dr. House. Si bien es un personaje ficticio, varios galenos le admiran y parecen mostrar un deseo por tener el poder que se otorga ante la capacidad de ofrecer una cura a cambio de una gran admiración y su respectiva retribución económica. Muchos pacientes quisieran contar con un médico que les resuelva de forma precisa, aunque sea a costa de una conducta altanera. Al final de cuentas, este punto es indispensable para entender que la mayoría de los pacientes cambiarían sin dudar la amabilidad por la curación.

Sin embargo, al mismo tiempo que nos formamos en el interés de ser el mejor clínico, también nos vamos adentrando al ejercicio real de la disciplina. Donde, independientemente de las especialidades o ramas que hayamos escogido, aprendemos que en muchos casos, sobre todo ante padecimientos incurables o crónicos, lo más valioso que podemos ofrecer es una buena actitud y un enorme respeto hacia nuestros pacientes. De tal suerte que se va generando un equilibrio entre nuestra necesidad de ganancia económica, la realidad misma y los deseos del propio paciente.

Ahora bien, aunque no es mi intención negar que afortunadamente, también exista un trasfondo ético y moral en nuestra actitud a nivel privado, para los fines de este artículo debo ser pragmático. Quiero que se entienda al interés económico, ya sea para formar riqueza o por el simple hecho de la subsistencia, como un poderoso imán que dirige y moviliza el actuar del médico. Ya que el deseo por dar la imagen del buen médico, tiene que ver con la posibilidad de obtener ingresos económicos altos.

Una vez hecha la anterior reflexión, puedo decir que el poder de un paciente en un medio privado estará basado en su capacidad de decisión, y en parte, en su capacidad de pago.  Con lo que el paciente puede decidir si continúa con un médico o decide cambiarlo.  Por tanto, gran parte de la motivación del clínico, en el medio privado, será el paciente, dado que en este se encuentran sus ingresos.  Ya sea porque le ofrece una cura, o por lo menos, porque le puede ofrecer el mejor trato y la mejor información posible para que el paciente decida que quiere hacer de su vida.  De tal suerte que estas acciones permitan que se le recomiende como un buen médico, ya sea por un significado técnico, o por un simbolismo moral.  Y por tanto, que el paciente siga acudiendo con su doctor favorito o de cabecera de forma rutinaria.

En el contexto público, las cosas se redireccionan, porque el interés del médico no está en el paciente, o en el pago de éste último.  Porque el ingreso económico que recibe un galeno en una institución pública realmente no llega de la mano del paciente. Sobre todo, ante la visión concreta que se tiene por parte de el que trabaja directamente con los derechohabientes. El cual está completamente alejado de la contabilidad institucional.

Con dicha visión, el trabajador operativo percibe que el dinero que recibe cada quincena lo paga el instituto, con la venia del cuerpo directivo. Si, así como lo está leyendo, pues, aunque en teoría no es cierto, de facto, el discurso tan odiado por los médicos y que emiten muchos derechohabientes molestos, “por mi tragas”, no puede ser concebido.

Pues en la realidad del personal operativo los mejores puestos, los mejores contratos y los mejores salarios pasan en realidad, por el criterio del líder sindical o del directivo en turno.  Dicho de otra manera por el criterio del poder político. Por tanto el interés del médico, enfermera o cualquier otro personal ya no está dirigido al paciente, sino al origen práctico e inmediato de su pago quincenal, tergiversando incluso las decisiones clínicas, fuera de guías y fuera de criterios médicos basados en la evidencia.

Obviamente por lo ya comentado, las quejas de un paciente solo funcionan cuando éstas suben al director, o cuando se puede ir directamente a los miembros del sindicato.  No cuando la queja se hace directamente al médico. Y por otro lado, de acuerdo a esta lógica, no necesariamente estaremos siendo atendidos por el mejor médico sino por el médico que supo jugar mejor sus cartas ante el sindicato y/o ante el cuerpo directivo en turno. Y remarcaré este último punto, porque, para la mala suerte del derechohabiente, una vez que el médico logra una base o un puesto permanente, no hay otra fuente de sus ingresos.

Sirva todo lo anterior para entender entonces la importancia de contar, sobre todo en un sistema de salud como el de México, con asociaciones de pacientes que sirvan como un contrapeso importantísimo a las decisiones políticas, que se infiltran en las opiniones clínicas y técnicas, así como en las de selección de médicos tratantes, dentro de nuestro sistema de salud.

Propongo un contrapeso que permita redireccionar el interés de los médicos hacia los pacientes en un sistema de salud público que pretende ser socialista. Obligando de alguna manera a mejorar la comunicación y a tener mayor interés por las necesidades reales de los pacientes.

Para concluir será indispensable para hacer notar y atraer la atención de los políticos, o de los médicos que se dedican a la política, quienes no han querido escuchar una necesidad que está gritando y exigiendo desde hace mucho ser atendida. Me refiero a la salud mental.

En el próximo artículo, tomando esté como apoyo me permitiré hablar de un Sistema de Salud sociopatizante.

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