Cáncer, un doloroso conocido entre las familias mexicanas.

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El cáncer es la principal causa de muerte a nivel mundial. En 2018 se calcula que provocó 9.6 millones de defunciones (OMS, 2018). En México, el cáncer es la tercera causa de muerte. Fallecen por esta enfermedad 14 de cada 100 mexicanos. Los cinco tipos de cáncer más comunes en México son el de próstata, el de mama, el cervicouterino, el de pulmón y el de estómago (INEGI, 2018).

Dada la magnitud de las cifras, el cáncer es una enfermedad común para las familias en México. Existen casos en que distintos miembros de un grupo familiar lo han padecido. Ocurren por distintas razones. Los integrantes de una familia están expuestos a los mismos factores ambientales o tienen hábitos de vida similares, así como una variable genética que aumenta el riesgo de padecerlo.

Esta enfermedad puede significar la pérdida de la certidumbre, una penumbra que envuelve a quienes lo padecen y una sombra que sigue a los familiares quienes lo acompañan. Para muchas familias, el cáncer se vuelve un “viejo conocido.”

El dolor producido por cáncer es uno de los más fuertes que se pueden experimentar, esto, descrito por los mismos pacientes. Y por supuesto, el dolor no sólo es físico. Lo más complicado es observar cómo la enfermedad consume la energía, la voluntad y la motivación de vivir de las personas. Recuerdo alguna vez haber escuchado una frase implacable: “No se puede vivir con dolor.”

Ante el cáncer, ¿qué sucede con la familia?

El cáncer no solo lastima al paciente, sino que lo hace también con la familia. El proceso de enfermedad puede volverse tan pesado, que no sólo significa una crisis en la salud de las personas, sino que somete a un alto riesgo de vulnerabilidad en el bienestar emocional, psicológico y económico de la familia del paciente. Por ello, es importante reflexionar sobre algunas ideas que pueden resultar útiles cuando la familia lucha contra esta enfermedad.

Activar las redes de apoyo es fundamental; como la analogía para los trapecistas que, en casos de emergencia, debajo de ellos se extiende una red elástica de modo que si se sueltan, esta los protege. Familiares, amistades y personas cercanas se vuelven esa especie de protección emocional que cobija a los afectados ante la adversidad. De ello depende la claridad con que la familia se organice y comunique sus necesidades. La pregunta más pertinente es “¿qué tipo de apoyo necesito?”.

Respecto a los cuidadores es común que aparezcan sensaciones negativas como la culpa, que sugiere que el cuidador no tiene oportunidad de disfrutar otros espacios cuando alguien cercano a quien ama no puede hacerlo por la enfermedad. Todo lo contrario, tiene todo el derecho y es necesario tener espacios de esparcimiento porque la entereza, la paciencia y la calma, recursos vitales en estos procesos, no son fuentes emocionales inagotables. Es importante que continuamente se busquen actividades, lugares y relaciones que ayuden a generar dichos recursos. El cuidado de quien cuida es primordial.

La persona sigue estando más allá de la enfermedad

Ante la angustia y la preocupación de la familia puede pasarse por alto algo esencial, lo que la persona que padece la enfermedad necesita. Una idea importante es, no mirar a la persona sólo a partir de la enfermedad, puesto que ya ha perdido distintas cosas como su autonomía e independencia, además de la certidumbre sobre su salud y su vida. Entonces poco ayuda el trato desde la condescendencia porque con ello indirectamente se descalificada su propia identidad. ¿A qué se refiere esto? Conviene que sigan siendo mirados y tratados por su auténtica identidad y no por la de estar enfermos; él o ella no es la persona con cáncer. Siguen siendo un hombre o mujer de familia, profesionista, inteligente, capaz, con ideales, con afectos y también con miedos naturales.

El cáncer puede despojar de muchas cosas, incluyendo la vida, pero lo único que no se le puede conceder es el derecho fundamental de que las personas quienes lo padecen puedan decidir cómo afrontar y vivir su proceso, elegir en dado caso el bien morir. Víctor Frankl, célebre psiquiatra Austriaco, decía: “Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas, la elección de la actitud personal que debe adoptar frente al destino para decidir su propio camino”.

Al final, en estos casos, el tiempo siempre será un buen aliado que permite que los miembros de una familia puedan asimilar lo aprendido durante el duro proceso. La lucha contra el cáncer permite que las personas y las familias aprendan cosas sobre sí mismas que tal vez no conocían o no identificaban claramente; la cohesión familiar, el autocuidado, la paciencia, la fuerza y el estoicismo son marcas de aprendizaje en su identidad que son el resultado de haber luchado contra esta enfermedad que se ha vuelto dolorosamente conocida.

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