Cada quien sus muertitos

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Con una ofrenda de fondo, el folcrore de los colores, las flores y las calacas, al sentarme para escribir el artículo del mes, confieso que sucumbí ante la delicia del aroma a copal que invadiendo el espacio me tentaba a hablar sobre la tradición del altar del Día de muertos.

Sin embargo, imaginé compartir con ustedes, apreciados lectores, algo más allá de la historia de las ofrendas o sobre sus orígenes, incluso de mi singular experiencia que deriva del acto de decidir el tema de la ofrenda en turno, su creación y su montaje; así como el modo en que acomodaré todo para que quede a mi entera satisfacción. Cada año, además de incluir a los muertitos, que desafortunadamente se suman a la lista, el ritual implica una serie de pasos y estados emocionales que concluye con la expresión final de la ofrenda. Es en esta reflexión donde me quedé suspendida.

Y es que creo los rituales son colectivos y personales, como un tipo de “parche” o conector, socialmente construidos para transitar de una etapa a otra, con el fin de encontrarle cierto sentido al cambio: en este caso a la muerte.

A través de los rituales se transmiten los valores y la cultura, se viaja de generación en generación a modo de ir trascendiendo significados, simbolismos y emociones ligadas a la experiencia de este.

Van der Hart [1] describe dos aspectos contenidos en un ritual: el formal, aquellos actos simbólicos que tienen un modo específico de ejecutarse, es decir una forma. Y el aspecto vivencial, que implica el compromiso en la realización del ritual para que no carezca de significado.

Las celebraciones y las tradiciones son dos tipos de rituales que ofrecen al mismo tiempo pertenencia e independencia. Por un lado, los festejos nos ayudan a ir obteniendo una identidad cultural e idiosincrática. Pero cada familia va estableciendo sus propiedades diferenciadoras, formalizando sus propios hábitos y tradiciones con significados característicos.

Así es como la comunicación, la expresión de emociones, las manifestaciones de afectos, la forma de enfrentar los problemas, etcétera, son tradiciones familiares que se hacen hábitos y permanecen perpetuas en el tiempo. 

De esta manera, cada ritual posee una riqueza de significados y emociones que serán experimentadas de acuerdo con las influencias de cada persona, familia, cultura, religión y país que las practiquen.

Pensemos en cualquier evento: el nacimiento, la circunsición, el bautizo, el Bar Mitzvá, la Navidad, el Sirat, el matrimonio, el ascetismo, la Clara Luz, Tirthayatra, la muerte, el duelo. Todos estos son rituales que obedecen a distintos orígenes histórico-sociales y religiosos. Todos, tradiciones que existen y se mantienen vivas por su repetida continuidad.

Las preguntas serían ¿con cuáles de éstos convives?, ¿cuáles adoptas y personalizas para que enriquezcan los menesteres actuales, individuales, familiares o colectivos, eligiéndolos desde una postura activa y consciente para que, en contenido y práctica, sirvan a su profundo propósito de transformación?

El disfrazarse de Halloween o de Día de Muertos, poner ofrenda con comida y velas o con dulces y alipuz, el incluir fotos de vivos con los muertos (no vaya a ser), el que los niños pidan dulces uno o dos días, debería poco importar. Que cada quién lo haga cómo desea conmemorar.

Cada quien sus muertitos, cada quien sus rituales. Disfruten este mes lo que los ancestros han depositado como tradición, ejerciendo el privilegio de transformar tradiciones y rituales para darle ustedes su propio significado y un nuevo valor. 

[1] Van der Hart, O. (1941). Rituals in psychotheraphy. Irvington. USA.

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