Vivimos expectantes de lo que va a pasar. Nunca nos tocó vivir una incertidumbre de este tipo a las generaciones que acompañamos a la pandemia de COVID-19. Hoy, a quienes vivimos en América Latina, nos toca mirarnos al espejo y reconocernos tras más de 100 días de confinamiento. ¿Somos los mismos? ¿Cómo saberlo? Quizás solo tendremos respuestas cuando todo esto acabe. Y no sabemos cuándo será, porque no tenemos la infraestructura, ni las instituciones para darle frente a este problema tal como lo han hecho los países ricos.

Tal vez ahora somos más familiares o más solitarios. Muchos se dieron cuenta de que querían cambiar su vida, de que necesitaban terminar aquella relación que no funcionaba, mientras que otros fortalecieron sus lazos. Y es que, en tiempos difíciles, no hay cómo no reflexionar sobre lo que se está haciendo bien y lo que no. Algunas veces hay más tiempo para pensar, pero otras veces el trabajo se ha triplicado y no ha dejado ocasión para nada.

He leído mensajes de personas en las redes sociales suplicando por volver a sus rutinas prepandemia, aun cuando reconocen que estas eran problemáticas o estresantes. «Todo es mejor que esto», parece. Aunque las apreciaciones van de persona a persona, pues no es lo mismo haber perdido el empleo, realizar una actividad esencial o trabajar desde casa.

He hablado también con muchas personas. Están confundidas. «Deprimidas». Desean volver a la normalidad de las relaciones sociales. Están cansadas de comunicarse solo por medio de los dispositivos digitales. Están agotadas de quedarse en casa o de salir con temor. Ya la revista británica The Lancet alertó sobre un agravamiento de la crisis de salud mental en estos tiempos: ansiedad, abuso del alcohol, suicidio, son algunos de los problemas que han aumentado. Y es que, se trabaja más, el contacto personal es menor, los espacios públicos de esparcimiento han casi desaparecido…

Así, se han buscado también formas de encarar esta nueva realidad. Algunos escriben lo que sienten, otros lo hablan, hacen ejercicio para combatir las tensiones, se concentran en el trabajo, se dan tiempo para aceptarlo con meditación o simplemente se permiten llorar. Lo importante es estar bien. Pero no todos cuentan con la resiliencia que se necesita para caerse y levantarse o para lidiar con el cambio. En estos casos, cobra importancia la solidaridad con los que pudieran necesitar ayuda y, si se está solo, entonces, está bien buscar ayuda profesional.

La nueva normalidad nos presenta muchos desafíos. Ser optimistas puede ayudarnos; pero ser realistas y aceptar que no volveremos a atrás podría permitirnos prepararnos mejor. Pero hay que hacerlo con calma, con tiempo. Al final de cuentas, lo que aprendimos de este periodo es que no importa si el tiempo se detiene. Todo pasa. A veces es necesario que todo pare para iniciar una nueva etapa.

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