Cuando mi enfermedad no tiene nombre: entre lágrimas, sonrisas falsas, lonjas y bochornos…

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Me estoy viendo en el espejo y no me reconozco, lo único que observo son cosas que sobran, carne que cuelga, una mirada triste de alguien que es lo que antes no era. Y no me queda muy claro por qué tengo que agradecerle a la vida por estar viva, por no tener una enfermedad de esas alarmantes, crónicodegenerativas que asustan tanto y tan sólo con escuchar su nombre, parecen cubiertas por la muerte.

Pero no, lo único que tengo es que no sé qué tengo. Tengo más edad, tengo ser mujer, tengo estar llena de hormonas que no controlo, el estar pasando por diferentes etapas que no sabía que me iban a suceder. Lo único que tengo es un pinche dolor, un rompimiento de mí misma que no tiene nombre.

Me estoy viendo en el espejo y me veo con amor (al menos lo intento) y me dedico una sonrisa dolorosa.

Y veo 12 kilos arriba que ¡ya no soporto! La gente me dice “pero te ves bien”, “ni se te notan” y hay otras personas que en un esfuerzo (inútil) de ayudar, me dicen: “Ay bueno, sólo haz algo de ejercicio y ya, ¿por qué no haces una dieta?, fíjate que yo estoy haciendo esta que está buenísima, no sabes…”

A veces he tenido ganas de gritarles “¡Ay qué bruta verdad?, ¿cómo no lo había pensado? ¡Maldición, eso lo ha resuelto!” Quisiera que cualquiera de esas cosas fuera la solución, quisiera que sólo con un sacrificio de evitar los carbohidratos o hacer una de esas dietas de moda, se perdiera todo el peso que tengo encima. No, no son solamente 12 kilos. Es mucho más el peso que cargo.

Apenas caí en cuenta de que llevo miles de pesos invertidos en visitar diferentes médicos, distintos especialistas que no han sabido determinar exactamente lo que tengo. Una lluvia de diversos medicamentos (que hasta a veces he estado no tan dispuesta a tomar) y sin embargo aquí sigo, intentándolo. Porque luego de 4 años, de múltiples diagnósticos, de enfermedades aisladas, estar hasta la madre se vale. ¿O no?

El tema es que de esto no se habla regularmente, las hormonas controlan muchas funciones del cuerpo y una no enloquece nomás por el gusto; no sólo te desequilibran cuando andas en “tus días” o durante el embarazo. Constantemente estás siendo afectada por el funcionamiento hormonal. Desde la adolescencia hasta la vejez. Son padecimientos comunes, pero silenciosos, que dependen de muchos factores y en cada organismo afectan de manera distinta.

Siento que me vuelvo loca. Miles de cosas que pasan en mi cuerpo, en mi mente, alteraciones emocionales que no conozco y que muchas veces no sé cómo controlar.

Veo mi reflejo y antes de sentirme débil nuevamente, pienso en cómo mi trabajo, las responsabilidades, la vida continúan, y yo tan fuera de mí, teniendo que darle pa’delante. Sin justificación alguna porque lo que tengo no tiene nombre y, por lo tanto, no me incapacita.

Se puede estar hecha a pedazos en la cama con un cuerpo que no obedece, con una mente peleando consigo misma, queriendo hacer algo sin tener respuesta. Y querer levantarse, tener ánimo en medio de muchos pendientes por cumplir y muchas actividades que hacer, pero el cuerpo simplemente no responde, no tiene ganas, no tiene fuerza y no se sabe qué pasa, no hay respuesta, nadie sabe qué hacer.

Hoy, una vez más, me permito llorar, enojarme, quebrarme. Justamente son estos momentos en donde sin saber qué rumbo tomar, está bien sentirme así. Recordando que hay muchas veces que no me gusto y eso también está bien.

Finalmente, puedo verme al espejo y me vuelvo a reconocer, entre lágrimas, sonrisas, lonjas y bochornos. Con un cuerpo distinto y con una piel que no brilla, con gente que no me entiende, con los deseos de hacer muchas cosas sin poder lograr todo.

Aletargada me reconozco, paso a paso y día con día camino conmigo misma. Me fortalezco en cada momento: si lo necesito hago una pausa, si tengo que apapacharme lo hago; alejo el castigo y el reproche porque no tienen cabida. Y no, no me estoy volviendo loca, me lo repito todos los días. Sólo se trata de reconocerme y sanar en esta nueva piel que habito.

Hoy, agradezco cada día, porque cada día algo más se va acomodando, porque es un proceso, un duelo por mi salud lo que está en juego y decido enfrentarlo así.

¿Te sonó algo conocido?

Como especialista he visto cada vez más mujeres en terapia cuyos problemas están relacionados con desequilibrios hormonales. A partir de mi propia experiencia estoy comprometida a ser más respetuosa al comprender y acompañarlas de forma efectiva, pues ante estos padecimientos en apariencia silenciosos, el duelo por la pérdida de salud es doloroso e incomprensible, y, algunas veces la recuperación es a cuentas gotas.

El tratamiento comienza contigo misma. Incluye la consciencia de que es un proceso, a veces desesperante y que toma tiempo, de modo que es recomendable hacer pausas, avanzar paso a paso, contar día por día. Ayuda festejar y fortalecer todo lo que te sirve: tomar las pastillas disciplinadamente, acudir a terapia, hacer ejercicios de hipnosis o meditación, trabajar y mantenerte ocupada, salir con amigas, divertirte, ejercitarte, agradecer a tu pareja y familiares cuando entienden, e incluso cuando no, darte tiempo cuando lo requieres y permiso de sentir emociones sin necesidad de esconderlas, etc.

Por sobre todas las cosas te lo aseguro, no te estas volviendo loca y vas a estar bien.


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